EL ZUMBIDO

Una noche más, Dave se levanta de madrugada. El zumbido ha vuelto. Como tantas veces anteriores, resuena en toda la casa, ilocalizable, imposible de encontrar el origen. Es un zumbido continuo de muy baja frecuencia que reverbera en los oídos de Dave cómo si fuera un mosquito invisible. Recorre toda la casa con la cabeza medio agachada y con el ceño fruncido en gesto de concentración. Abre la ventana del salón y se asoma a la calle. El silencio de la noche lo envuelve todo y excepto un lejano ladrido, no se oye nada más.

Debe ser en la casa, piensa Dave mientras la recorre por cuarta vez esa noche y decimonovena en la semana. Desesperado opta por los tapones de siempre y decidir lo que fuera al día siguiente.

Así es, al día siguiente y con dos tazas de café, se sienta en la mesa del comedor y encendiéndose un cigarro, se plantea el tema del zumbido de la forma más profesional posible. Concentrado coge su libreta para apuntar sus acciones a tomar pero está toda llena del número 6 así que la desecha mecánicamente sin apenas pararse a pensar sobre el tema. Vuelve al tema del zumbido, casi inmediatamente.

-Llevo así dos semanas, creo que voy a volverme loco, si ya no lo estoy un poquito. Vamos a ver, se oye en toda la casa pero el lugar de donde emana, el punto exacto, no lo hallo. Es hora de poner en marcha medidas más pintorescas.

Aquella misma noche el zumbido vuelve. Dave se levanta y en vez de recorrer la casa en su itinerario de concentración, va a la cocina y coge un vaso. Se anota mentalmente la tarea de comprar cuchillos, los que tiene están viejos y romos, y una espátula de acero, aunque en el fondo no sabe porque tiene que comprar esas cosas. Coloca el vaso en la pared más cercana y ahí está, el zumbido. Se oye y se nota en un pequeño vibrar. Dave lo hace pared por pared hasta que se da cuenta de que en el cuarto de invitados la vibración es mayor y más notoria en sus cuatro paredes. Se parece a una especie de rotor o motor de algún aparato. Ese cuarto da a varias viviendas. La pared oeste da a un patio, por lo que queda descartada. La del este da a la vivienda de la otra calle y la del a norte a la del vecino. La del sur es la entrada al mismo cuarto, por lo que también queda descartada.

-Así que, o es de los que viven en la calle de al lado, o es Marjorie mi vecina. Bueno ya sé que hacer.

Una vez más, así es, al día siguiente, rondando la hora de cenar Dave llama a casa de la vecina. Ésta abre. Marjorie es una mujer menuda y de huesos anchos, fiel seguidora de Jesús y amante amantísima de las plantas que tan dignamente cuida en su patio.

-Hola vecina.

-Hola Dave.

-Mira me preguntaba si exactamente, uhm, en el cuarto, bueno…Mira, ¿has colocado algún electrodoméstico, algún frigorífico o una lavadora no sé? ¿Algo parecido?

-Dave.

-¿Qué?

-Tienes ojeras, ¿va todo bien?

-Sí, sí, ¿ojeras?, bueno no duermo excesivamente bien últimamente…entonces que me dices.

-Pues no Dave, no he metido nada de eso en mi casa. ¿Cómo te va con el libro que te presté?

Dave inclina la cabeza hacia abajo y se pierde en pensamientos relacionados con el zumbido. ¿Cómo iba a colarse en la casa de la otra calle? Su vecina le pregunta algo pero menea la cabeza negativamente y tras una leve despedida se va.

Baja los peldaños y sale a la calle. La noche es muy fresca. Dave se abrocha la camisa y dobla la primera esquina hacia la derecha. Anda unos pasos y se para. Está delante de la casa que da con la suya al otro lado, por el cuarto de invitados.

-¿En serio?

Está en obras. Un cartel con la empresa de construcción correspondiente aparece luminoso junto a la puerta casi levantada del hogar. Dave lanza un bufido y se da la vuelta. Ya en su casa se vuelve a sentar en la mesa del comedor. En aquel momento no recuerda porque tiene una mesa de comedor. Vive solo y no tiene muchos amigos.

-¿En obras? A lo mejor el zumbido viene de uno de esos ventiladores industriales que colocan a veces por las humedades y eso.

Es terminar la frase y saber que no es así. Ese zumbido debe ser otra cosa.

Una mañana más se levanta y realiza las rutinas. Hay un libro en la mesa de comedor que no recuerda haber leído. Sale a la calle.

Los obreros están sentados en los escalones de la casa mientras comen un bocadillo. Dave se presenta como un comprador en potencia y, tras no pocos obstáculos, logra que le dejen pasar a echar un vistazo a la distribución de la casa. Así lo hace. Tras unos minutos y calculando habitación por habitación, encuentra con la que da a la suya de invitados, pared con pared. Allí no hay nada que pueda emitir zumbido alguno.

Regresa a su casa y se sienta en el comedor. No recuerda haber comprado los cuchillos y la espátula pero ahí están, junto al libro.

-No entiendo que pasa ¿¡De donde viene el zumbido!?

Aquella misma noche el zumbido vuelve. Se levanta y realiza todas las rutinas de paseo y reconocimiento, con el vaso inclusive. Vuelve a dar con el cuarto de invitados como origen. Entonces, cuando nota que la desesperación se torna locura cae en algo. Ockham. Si no es de un lado u otro…Dave mira hacia abajo, hacia sus pies. Se agacha impulsivamente y mientras le cae la saliva por un lado de la boca coloca presuroso el vaso. Ahí está, el zumbido claro y nítido, incluso el sonido de algo metálico.

Comienza a palpar las juntas de las losas hasta que de una se lleva restos de arenisca. Al hacerlo se deja un trozo de uña incrustado. No sufre dolor alguno, concentrado como está ¿Con que podría raspar esto? Corre hacia la cocina y agarra la espátula.

Dave comienza a raspar y raspar. Raspar y raspar. El sudor le gotea de la nariz. Los pelos se le pegan a las sienes. Los ojos, desorbitados, no abandonan ni un segundo el plano de la losa. Se deja piel y sangre en el suelo. Horas después por fin nota que la losa está liberada, y así otra y otra, hasta soltar seis. Con ayuda del atizador de la chimenea las levanta todas. Una escalera hecha de ladrillos desciende hacia la oscuridad. El zumbido se desata en un largo y monótono sonido a motor. Dave se quita la camiseta y la arroja contra una pared mientras se dirige hacia un armario. Tras rebuscar y no hallar nada va hacia la cocina. Ve de soslayo el libro. Se para en seco. Lo coge y lee el título: La memoria atrapada. Le da la vuelta y ojea la sinopsis. Es un libro de autoayuda que revela secretos para destapar recuerdos bloqueados por la memoria. Dave sonríe, lo ningunea y lo deja en la mesa. Rebusca ahora entre los cajones y ahora sí la encuentra, la linterna.

Vuelve al cuarto y desciende la escalera con la linterna encendida. Lentamente siente que la oscuridad rasgada lo traga. Sabe, por alguna razón, que aquel lugar es definitivo, sabe que aquel lugar está fuera de toda humanidad, alejado del raciocinio, aletargado en las fauces de una bestia. Pero se siente como si estuviera abriendo un regalo de cumpleaños que intuyera ser lo que más ha querido, deseado y anhelado en su vida.

Por fin pone los pies en el suelo arenoso de la pequeña sala. Un pequeño generador ronronea junto a un enorme congelador industrial. El frío sonido resonando en la sala y en su cabeza, la suciedad de sus manos y la mirada vacía, el cuerpo en tensión, arma de toda vileza…todo se convierte en la antesala del recuerdo. Dave se acerca al congelador y lo abre. Los restos de cinco personas aparecen desperdigados, amontonados, encajonados bajo la película de escarcha de hielo. El golpe de frio sanguinolento supone el despertar total del asesino.

Dave sabe que su memoria, su real memoria estaba perdida. Pero también sabe que su alma de asesino insaciable se iba a encargar de recordarle, que lo que realmente interesa, es matar a la sexta víctima. Ahora si recuerda para que quería los cuchillos.

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Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

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