AÑOS GRISES

         Aquellos años grises aún revolotean en mi cabeza como las gaviotas una negra playa. Las caras de aquellos parajes se convierten en niebla animada y las voces se amortiguan como bajo las aguas del río. Ni los vientos siquiera eran mejores, volaban espesos entre las mudas calles. No había sonrisas en los semblantes, sólo arrugas de espera a una época mejor. Únicamente un sentimiento emerge como el acero de la certidumbre en aquellos años: Hambre. No comía ni dos veces al día y mis tripas se orquestaban en varias sinfonías de dolor. Acababa de terminar un largo embarque a las órdenes del capitán Rosales y mi predisposición era con dinero abundante en principio, pero los azares de la vida quisieron que despareciera pronto en vicios y malos negocios a la par. Así que los últimos años de mi cuarentena fueron duros allá en el pueblo de los acantilados grises del norte. Allá donde digo, los días parecían nunca remontar, el sol huía de las estaciones y era como vivir de noche y de noche más clara.

         Recuerdo que una mañana del color del acero deambulaba por las calles empedradas del barrio portuario cuando me crucé con viejo amigo de esos que no se conoce, pero que ves innumerables veces durante tu vida en varios sitios diferentes, por lo que la insistencia, disfrazada de graciosa casualidad  hizo que nos saludáramos. Él era un anciano viajero de pueblos por los que presentaba su minúsculo teatro de pulgas, en un pequeño escenario de gastadas tablas pintadas de varios colores. Le palmeé la espalda mientras mascullaba un saludo y comenzaba el intercambio de las frases típicas de curiosidad educada. Tras corresponderle me medio invitó a su cubil, rincón oscuro de la calle con tres cartones y me presentó a su mascota: un chucho blanquinegro de orejas vivarachas y ojillos brillantes. Riéndose de buena gana me enseñó un truco tan macabro cómo sorprendente. Mi amigo, el vagabundo, se tumbó en el suelo como si estuviera dormido y el perro, inmediatamente, se puso a su lado y comenzó a aullar lastimeramente creyendo con casi total seguridad que su dueño estaba muerto. Reímos de buena gana admito, a pesar del mal trago del animal cada vez que le hacía el truco, ya que así fue tantas veces realizado tantas veces el perro se ponía a aullar. Hablamos largo rato y debo destacar que hice migas con el chucho.  Justo cuando me despedí de mi interlocutor y avanzaba yo unos metros una explosión de ira estalló a mis espaldas. El dueño de la decrépita carnicería de la esquina, recriminaba a mi amigo vagabundo su molesta presencia en la acera, a cuenta de que repelía clientela. Mi amigo me dijo que era normal, que pasaba casi a diario y le restó importancia con un gracioso gesto de la mano.

         Unos tres meses después mi hambre llegaba a cotas insospechadas y para combatirla se me ocurrió visitar a mi amigo vagabundo y al chucho para ver si el palique me aliviaba. La vida seguía en su lamento monocorde pero parecía que no tan desesperado, alguna esperanza se atisbaba. No hallé a mis amigos en la esquina de la carnicería así que pregunté a dos niños que jugaban al balón sobre unos charcos de barro en un solar cercano. El más menudo de ellos me dijo que mi amigo hacía semanas que no paraba por ahí. Cuando me disponía a partir oí algo. Los niños marchaban ya calle abajo persiguiendo el despeluchado balón. Agucé el oído y de pronto un ladrido sonó junto a mí. Abajo, en mis pies manchados de barro, se acurrucaba tembloroso el chucho del vagabundo. Lancé un grito de sorpresa y lo rescaté del suelo. Parecía asustado y desnutrido,  pequeños grumos de tierra reseca y granulada aparecían pegados en su cuerpo. Con gran disgusto descubrí unas pequeñas costillas asomadas entre el canelo pelo. Alcé la vista contrariado y en ese momento el carnicero salía presuroso de su local. En tres zancadas me planté junto a él. Le pregunté por mi amigo teniendo especial atención en usar un matiz amenazador en la voz. Me miró compungido y me aseveró que había partido a tierras más al sur, donde el clima favoreciera un poco más su espectáculo de pulgas. Estaba yo pensando en la coherencia del dato pero también la extrañeza del abandono pues, de su mascota en tal mudanza que no me di cuenta de que el hombre frente a mí manipulaba algo en la puerta de su tienda. De pronto hizo un diestro arco con su mano y se sacó de sus espaldas, una mesa y varias mugrientas bolsas de lona blanca. Carne, de la buena y muy barata, me dijo. Yo reculaba y me marchaba pero el carnicero me insistió, para el perro que está muy flacucho, pobre criaturita. Tenía yo unas monedas, secas y toscas de unos negocios que me había traído con mi vecino el vigilante de fincas nocturno, y cuando miré directamente a los ojillos del chucho inexplicablemente abandonado caí en las redes. Gasté las monedas y me llevé una bolsa de carne.

         Ya en mi casa le acomodé el cuerpecito sobre una colcha vieja que tenía y le dispuse un cuenco de madera con agua. El perrillo pareció animarse mientras bebía así que no dudé en ningún momento de la sorpresa diluida en placer cuando le pusiera la carne. Dudaba yo si cocinársela o tal cúal plantársela pero opté por lo primero. Encendí el fogón y coloqué una cazuela recortada y puse la carne. Minutos después y con un olor exquisito en casa, le arrojé el trozo al chucho sobre un papel de estraza y me serví el mío. No pude hincar el diente, repentinamente el chucho se colocó junto a su trozo y prorrumpió en aullidos lastimeros. Con un trozo en mi boca comencé a reír ante la actitud del perro…Hasta que el entendimiento floreció en mi cabeza. Escupí el trozo y corrí todo lo rápido que pude al cuarto baño a vomitar. En un habitáculo medio derruido y lleno de mugre, yo vomitaba un trozo de carne que en el pasado era parte…formaba parte de una persona que entretenía al caminante cotidiano con un teatro de pulgas, una sonrisa afloró en mi cara entre la bilis y los trozos de carne escupidos, “no deja de ser sorprendente la vida”, murmuré.

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Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

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