HAGAN SITIO A HERMAN

Primero fue la aparición de los olores, fuertes y marcados, desde algún punto del exterior. Tras esto, la sensación de bienestar de los últimos años se diluyó en cuestión de segundos. Con temblorosas manos Herman tocó los barrotes de su cárcel. Los notó rugosos y maltrechos por el paso del tiempo aunque firmes aún. Pero eso no lo iba a detener, para nada. Llevaba mucho tiempo esperando que su carcelero, ese tal Carl se despistara durante un segundo, sólo uno. Y así había sido, así que Herman empezó a dar cabezazos contra los barrotes. Su furia crecía exponencialmente con cada arremetida y el reguero de sangre que le corrió pronto por la cara, le supo a la salsa de la violencia.

 

Ella realmente sabía que él era frágil, pero no tanto. Sabía que tenía un pasado complicado y, a pesar de que en un principio no le importaba, el paso del tiempo que había estado junto a él le había alertado de una personalidad quebradiza. En cuestión de segundos mezcló en su mente recuerdos de momentos puntuales mientras se desataba la tormenta ante sus ojos. Recordó claramente la noche en la que él se escondió  tras unos coches cuando pasaron por aquella tienda que exhibía un enorme espejo. O aquella vez que le sorprendió gritándose a sí mismo que moriría antes de abrir la puerta…Ella no sabía de qué puerta hablaba pero ahora, cuando toda su relación se derrumbaba a golpe de numerito, sabía que aquel hombre no estaba bien y no quería pasar el resto de su vida con él. El NO había sido muy rotundo quizás, pero su reacción estaba siendo desproporcionada.

 

Herman tenía la frente abierta, la sangre y los huesos del cráneo se confundían en una masa amorfa. Aun así Herman sonreía…sólo le quedaba un barrote.

 

Le había dicho que no, y su mundo se había derrumbado. Si no fuera como fuese quizás, a lo mejor, se levantaba y dedicaría una última sonrisa cómo despedida. Pero él era diferente a la mayoría así que no pudo evitar montar el numerito en el restaurante. Se había levantado y bombardeaba a insultos a la que hasta unos segundos antes había sido su novia, pero que no había tenido a bien ser su prometida. Sí, y la furia le reventaba el cuerpo y claro que quería casarse, asentar su enferma cabeza y quizás esperar a ser normal hasta el fin de los días. Pero no pudo ser, así que sabía que esta vez no lograría refrenar a…

 

Herman perdió un ojo en el último cabezazo pero por fin había destrozado los barrotes. De un ágil salto salió de su celda y contempló embelesado el mundo que le rodeaba. Sin parar de correr se dirigió a su objetivo, un precipicio cuyo fondo era la total existencia.

 

Mucho se habló de aquel incidente en el restaurante. Hubo testigos directos que afirmaron ver cómo Carl Bergson le pedía matrimonio a la que era su novia y, ante la negativa de ésta, aquel pobre infeliz prorrumpió en una retahíla imparable de insultos ante los estupefactos presentes en el local. Un camarero se acercó a intentar mitigar el asunto y entonces pasó algo. Dichos testigos dicen que Carl Bergson llegó entonces a sufrir una especie de crisis nerviosa, puso los ojos en blanco durante un segundo y luego comenzó a gritar en un extraño tono de voz: “¡Libre, soy libre!”. Acto seguido se palpó el ojo derecho como si lo tuviera herido. En ese momento el camarero se acercó aún más para intentar manejar el asunto pero Carl Bergson se giró como una cobra y agarró la cabeza del camarero primero y la estampó contra la vitrina de copas de cristal que había junto a ellos después. Luego, Carl Bergson estalló en carcajadas y escapó por la puerta del restaurante. Hoy en día sigue en busca y captura. El camarero se recupera favorablemente en el hospital condal de varios cortes en la cara y un traumatismo moderado en la cabeza.mazmorra

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Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

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