El primer bocado

-Aún estás a tiempo de echarte atrás Gerald, puedes levantarte y marcharte por dónde has venido. Lo digo sin acritud y lo sabes, sólo dilo y te podrás ir.

Gerald mira a su mecenas. Un anciano de casi ochenta años pero que aparenta sesenta, alto e imponente. Se acongoja un poco y desvía la mirada hacia el trozo de carne. El tenedor vibra ligeramente en su mano. Pasea la mirada por la mesa y contempla, maravillado ahora, el despliegue de comida y bebida…más bien de bebida porque de la comida casi no reconoce nada. Observa embelesado una botella de vino que puede costar más de mil libras.

Alterna su mirada con los demás comensales, la esposa de su mecenas, sus hijos y hermanos. Todos bellos y rondando la perfección. Todos educados y amables. Todos protagonistas de un círculo misterioso al cúal ha sido invitado, pero cuyo precio es tan horrible como inaudito.

-Tus aspiraciones son maravillosas – continua el anciano – veo en ti el negocio del futuro. ¿Un estudio de fotografía? Este siglo diecinueve está siendo un portento en el avance de la tecnología y veo en ti un pionero Gerald. Pero ya sabes, si quieres mi dinero debes ser de mi familia, y mi familia es tan auténtica como tu mente puede percibir ahora mismo. Decide.

Gerald vuelve a posar sus ojos en el trozo de carne trinchado en el tenedor. Recorre mentalmente el camino lleno de obstáculos recorrido hasta llegar ahí, a la mesa de los Aimes, la todopoderosa y misteriosa familia de mecenas. Recuerda cómo su joven y ambiciosa esposa no aguanta más la miseria. Cómo sus amigos viven en un tren de comodidad que él sólo vislumbra en la lejanía. Remiendos en sus trajes y barro reseco en sus botas. Está harto de lamer el suelo, quiere ascender y surcar los cielos de la sociedad. En un violento gesto se traga el trozo de carne.

A partir de ahí todo se vuelve borroso y el banquete se transforma en un jardín onírico donde Gerald deambula comiendo y bebiendo, sobre todo comiendo. Los rostros de los Aimes pasean ondulantes por su mente. Hasta sus oídos llegan las risas amortiguadas de todos. En un determinado momento pierde la consciencia.

Gerald despierta. Está tumbado y atado a una cama, en un elegante dormitorio. El viejo Aimes está con él.

-Hola Gerald. Pronto empezarán los espasmos y los sudores. Querrás gritar y correr hasta que tus pies sean sólo dos muñones. Pero calma muchacho, esos síntomas pasarán pronto.

-¿Síntomas? – susurra Gerald que ya empieza a sudar.

-Los síntomas del canibalismo, muchacho. Bienvenido a la familia.

Anuncios
Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

Navegador de artículos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: