Microrrelatos

INTRUSO

corazonnegro

Este corazón que late no es el mío.

No reconozco los pasillos de esta casa que se dibuja en torno a mí. Esta oscuridad no es de la que provengo. Frases revolotean sobre mi mente cargadas de palabras vacías, de bocas ajenas, de caras que no he visto nunca.

Camino entre paredes de barrotes empapelados. La lejanía que este ignoto lugar me produce se filtra a través de destello del acero que se halla en mi mano. El animal que me mira atemorizado desde la estúpida cestita con dibujos no es mi Cerbero. Los globos y las pancartas de bienvenida no son para mí.

—Bienvenido a tu nueva vida…— leo en la pancarta que aparece adornada con un rojizo corazón. Sonrío ante tamaña estupidez. Que yo sepa, nunca he dejado de ser fiel al placer del tacto de la sangre bajo mis pies descalzos.

Me palpo la extraña cicatriz del pecho. Es muy grande. Debería saber qué hace ahí pero no lo sé. Solo sé que tampoco es mía. La única certeza que no me quebranta es el tacto del cuchillo en mi mano derecha, como en los viejos tiempos. Tiempos en los que enfermedades no frenaban mi ímpetu por la sangre.

Sigo recorriendo la casa que no es mía.

Abro una puerta y veo al niño. Ese no es mi hijo. Esa criatura de pelo castaño no es mi semilla. No sería tan bella. En todo caso oscura y amorfa, no tan cándida. Nunca le he querido. Nunca jugué con él en un jardín atestado de juguetes ni me he reído de sus infantes ocurrencias. Me acerco a la cama donde el niño duerme y noto su aliento cálido y limpio.

Minutos después abro otra puerta.

La mujer es bella y su postrada figura rompe la entrada de la luz de la luna a través del ventanal. Su pecho se mece rítmicamente con una suave respiración. No es mi ángel y mucho menos mi demonio. No es mi compañera. Nunca compartí nada con ella, quizás sólo este momento de acero y sangre. No hay historia de alegría y llanto detrás. Ni emociones que me hicieran vibrar en alguna etapa de debilidad en mi vida. Nunca he dejado de ser un monstruo.

No hay besos detrás de sus labios. No hay nada. Me acerco a ella lentamente sin apartar la vista de su pecho.

Alzo el cuchillo por segunda vez en la noche.

Este corazón que late no es el mío.

Categorías: Microrrelatos | 1 comentario

El primer bocado

-Aún estás a tiempo de echarte atrás Gerald, puedes levantarte y marcharte por dónde has venido. Lo digo sin acritud y lo sabes, sólo dilo y te podrás ir.

Gerald mira a su mecenas. Un anciano de casi ochenta años pero que aparenta sesenta, alto e imponente. Se acongoja un poco y desvía la mirada hacia el trozo de carne. El tenedor vibra ligeramente en su mano. Pasea la mirada por la mesa y contempla, maravillado ahora, el despliegue de comida y bebida…más bien de bebida porque de la comida casi no reconoce nada. Observa embelesado una botella de vino que puede costar más de mil libras.

Alterna su mirada con los demás comensales, la esposa de su mecenas, sus hijos y hermanos. Todos bellos y rondando la perfección. Todos educados y amables. Todos protagonistas de un círculo misterioso al cúal ha sido invitado, pero cuyo precio es tan horrible como inaudito.

-Tus aspiraciones son maravillosas – continua el anciano – veo en ti el negocio del futuro. ¿Un estudio de fotografía? Este siglo diecinueve está siendo un portento en el avance de la tecnología y veo en ti un pionero Gerald. Pero ya sabes, si quieres mi dinero debes ser de mi familia, y mi familia es tan auténtica como tu mente puede percibir ahora mismo. Decide.

Gerald vuelve a posar sus ojos en el trozo de carne trinchado en el tenedor. Recorre mentalmente el camino lleno de obstáculos recorrido hasta llegar ahí, a la mesa de los Aimes, la todopoderosa y misteriosa familia de mecenas. Recuerda cómo su joven y ambiciosa esposa no aguanta más la miseria. Cómo sus amigos viven en un tren de comodidad que él sólo vislumbra en la lejanía. Remiendos en sus trajes y barro reseco en sus botas. Está harto de lamer el suelo, quiere ascender y surcar los cielos de la sociedad. En un violento gesto se traga el trozo de carne.

A partir de ahí todo se vuelve borroso y el banquete se transforma en un jardín onírico donde Gerald deambula comiendo y bebiendo, sobre todo comiendo. Los rostros de los Aimes pasean ondulantes por su mente. Hasta sus oídos llegan las risas amortiguadas de todos. En un determinado momento pierde la consciencia.

Gerald despierta. Está tumbado y atado a una cama, en un elegante dormitorio. El viejo Aimes está con él.

-Hola Gerald. Pronto empezarán los espasmos y los sudores. Querrás gritar y correr hasta que tus pies sean sólo dos muñones. Pero calma muchacho, esos síntomas pasarán pronto.

-¿Síntomas? – susurra Gerald que ya empieza a sudar.

-Los síntomas del canibalismo, muchacho. Bienvenido a la familia.

Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

HAGAN SITIO A HERMAN

Primero fue la aparición de los olores, fuertes y marcados, desde algún punto del exterior. Tras esto, la sensación de bienestar de los últimos años se diluyó en cuestión de segundos. Con temblorosas manos Herman tocó los barrotes de su cárcel. Los notó rugosos y maltrechos por el paso del tiempo aunque firmes aún. Pero eso no lo iba a detener, para nada. Llevaba mucho tiempo esperando que su carcelero, ese tal Carl se despistara durante un segundo, sólo uno. Y así había sido, así que Herman empezó a dar cabezazos contra los barrotes. Su furia crecía exponencialmente con cada arremetida y el reguero de sangre que le corrió pronto por la cara, le supo a la salsa de la violencia.

 

Ella realmente sabía que él era frágil, pero no tanto. Sabía que tenía un pasado complicado y, a pesar de que en un principio no le importaba, el paso del tiempo que había estado junto a él le había alertado de una personalidad quebradiza. En cuestión de segundos mezcló en su mente recuerdos de momentos puntuales mientras se desataba la tormenta ante sus ojos. Recordó claramente la noche en la que él se escondió  tras unos coches cuando pasaron por aquella tienda que exhibía un enorme espejo. O aquella vez que le sorprendió gritándose a sí mismo que moriría antes de abrir la puerta…Ella no sabía de qué puerta hablaba pero ahora, cuando toda su relación se derrumbaba a golpe de numerito, sabía que aquel hombre no estaba bien y no quería pasar el resto de su vida con él. El NO había sido muy rotundo quizás, pero su reacción estaba siendo desproporcionada.

 

Herman tenía la frente abierta, la sangre y los huesos del cráneo se confundían en una masa amorfa. Aun así Herman sonreía…sólo le quedaba un barrote.

 

Le había dicho que no, y su mundo se había derrumbado. Si no fuera como fuese quizás, a lo mejor, se levantaba y dedicaría una última sonrisa cómo despedida. Pero él era diferente a la mayoría así que no pudo evitar montar el numerito en el restaurante. Se había levantado y bombardeaba a insultos a la que hasta unos segundos antes había sido su novia, pero que no había tenido a bien ser su prometida. Sí, y la furia le reventaba el cuerpo y claro que quería casarse, asentar su enferma cabeza y quizás esperar a ser normal hasta el fin de los días. Pero no pudo ser, así que sabía que esta vez no lograría refrenar a…

 

Herman perdió un ojo en el último cabezazo pero por fin había destrozado los barrotes. De un ágil salto salió de su celda y contempló embelesado el mundo que le rodeaba. Sin parar de correr se dirigió a su objetivo, un precipicio cuyo fondo era la total existencia.

 

Mucho se habló de aquel incidente en el restaurante. Hubo testigos directos que afirmaron ver cómo Carl Bergson le pedía matrimonio a la que era su novia y, ante la negativa de ésta, aquel pobre infeliz prorrumpió en una retahíla imparable de insultos ante los estupefactos presentes en el local. Un camarero se acercó a intentar mitigar el asunto y entonces pasó algo. Dichos testigos dicen que Carl Bergson llegó entonces a sufrir una especie de crisis nerviosa, puso los ojos en blanco durante un segundo y luego comenzó a gritar en un extraño tono de voz: “¡Libre, soy libre!”. Acto seguido se palpó el ojo derecho como si lo tuviera herido. En ese momento el camarero se acercó aún más para intentar manejar el asunto pero Carl Bergson se giró como una cobra y agarró la cabeza del camarero primero y la estampó contra la vitrina de copas de cristal que había junto a ellos después. Luego, Carl Bergson estalló en carcajadas y escapó por la puerta del restaurante. Hoy en día sigue en busca y captura. El camarero se recupera favorablemente en el hospital condal de varios cortes en la cara y un traumatismo moderado en la cabeza.mazmorra

Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

AÑOS GRISES

         Aquellos años grises aún revolotean en mi cabeza como las gaviotas una negra playa. Las caras de aquellos parajes se convierten en niebla animada y las voces se amortiguan como bajo las aguas del río. Ni los vientos siquiera eran mejores, volaban espesos entre las mudas calles. No había sonrisas en los semblantes, sólo arrugas de espera a una época mejor. Únicamente un sentimiento emerge como el acero de la certidumbre en aquellos años: Hambre. No comía ni dos veces al día y mis tripas se orquestaban en varias sinfonías de dolor. Acababa de terminar un largo embarque a las órdenes del capitán Rosales y mi predisposición era con dinero abundante en principio, pero los azares de la vida quisieron que despareciera pronto en vicios y malos negocios a la par. Así que los últimos años de mi cuarentena fueron duros allá en el pueblo de los acantilados grises del norte. Allá donde digo, los días parecían nunca remontar, el sol huía de las estaciones y era como vivir de noche y de noche más clara.

         Recuerdo que una mañana del color del acero deambulaba por las calles empedradas del barrio portuario cuando me crucé con viejo amigo de esos que no se conoce, pero que ves innumerables veces durante tu vida en varios sitios diferentes, por lo que la insistencia, disfrazada de graciosa casualidad  hizo que nos saludáramos. Él era un anciano viajero de pueblos por los que presentaba su minúsculo teatro de pulgas, en un pequeño escenario de gastadas tablas pintadas de varios colores. Le palmeé la espalda mientras mascullaba un saludo y comenzaba el intercambio de las frases típicas de curiosidad educada. Tras corresponderle me medio invitó a su cubil, rincón oscuro de la calle con tres cartones y me presentó a su mascota: un chucho blanquinegro de orejas vivarachas y ojillos brillantes. Riéndose de buena gana me enseñó un truco tan macabro cómo sorprendente. Mi amigo, el vagabundo, se tumbó en el suelo como si estuviera dormido y el perro, inmediatamente, se puso a su lado y comenzó a aullar lastimeramente creyendo con casi total seguridad que su dueño estaba muerto. Reímos de buena gana admito, a pesar del mal trago del animal cada vez que le hacía el truco, ya que así fue tantas veces realizado tantas veces el perro se ponía a aullar. Hablamos largo rato y debo destacar que hice migas con el chucho.  Justo cuando me despedí de mi interlocutor y avanzaba yo unos metros una explosión de ira estalló a mis espaldas. El dueño de la decrépita carnicería de la esquina, recriminaba a mi amigo vagabundo su molesta presencia en la acera, a cuenta de que repelía clientela. Mi amigo me dijo que era normal, que pasaba casi a diario y le restó importancia con un gracioso gesto de la mano.

         Unos tres meses después mi hambre llegaba a cotas insospechadas y para combatirla se me ocurrió visitar a mi amigo vagabundo y al chucho para ver si el palique me aliviaba. La vida seguía en su lamento monocorde pero parecía que no tan desesperado, alguna esperanza se atisbaba. No hallé a mis amigos en la esquina de la carnicería así que pregunté a dos niños que jugaban al balón sobre unos charcos de barro en un solar cercano. El más menudo de ellos me dijo que mi amigo hacía semanas que no paraba por ahí. Cuando me disponía a partir oí algo. Los niños marchaban ya calle abajo persiguiendo el despeluchado balón. Agucé el oído y de pronto un ladrido sonó junto a mí. Abajo, en mis pies manchados de barro, se acurrucaba tembloroso el chucho del vagabundo. Lancé un grito de sorpresa y lo rescaté del suelo. Parecía asustado y desnutrido,  pequeños grumos de tierra reseca y granulada aparecían pegados en su cuerpo. Con gran disgusto descubrí unas pequeñas costillas asomadas entre el canelo pelo. Alcé la vista contrariado y en ese momento el carnicero salía presuroso de su local. En tres zancadas me planté junto a él. Le pregunté por mi amigo teniendo especial atención en usar un matiz amenazador en la voz. Me miró compungido y me aseveró que había partido a tierras más al sur, donde el clima favoreciera un poco más su espectáculo de pulgas. Estaba yo pensando en la coherencia del dato pero también la extrañeza del abandono pues, de su mascota en tal mudanza que no me di cuenta de que el hombre frente a mí manipulaba algo en la puerta de su tienda. De pronto hizo un diestro arco con su mano y se sacó de sus espaldas, una mesa y varias mugrientas bolsas de lona blanca. Carne, de la buena y muy barata, me dijo. Yo reculaba y me marchaba pero el carnicero me insistió, para el perro que está muy flacucho, pobre criaturita. Tenía yo unas monedas, secas y toscas de unos negocios que me había traído con mi vecino el vigilante de fincas nocturno, y cuando miré directamente a los ojillos del chucho inexplicablemente abandonado caí en las redes. Gasté las monedas y me llevé una bolsa de carne.

         Ya en mi casa le acomodé el cuerpecito sobre una colcha vieja que tenía y le dispuse un cuenco de madera con agua. El perrillo pareció animarse mientras bebía así que no dudé en ningún momento de la sorpresa diluida en placer cuando le pusiera la carne. Dudaba yo si cocinársela o tal cúal plantársela pero opté por lo primero. Encendí el fogón y coloqué una cazuela recortada y puse la carne. Minutos después y con un olor exquisito en casa, le arrojé el trozo al chucho sobre un papel de estraza y me serví el mío. No pude hincar el diente, repentinamente el chucho se colocó junto a su trozo y prorrumpió en aullidos lastimeros. Con un trozo en mi boca comencé a reír ante la actitud del perro…Hasta que el entendimiento floreció en mi cabeza. Escupí el trozo y corrí todo lo rápido que pude al cuarto baño a vomitar. En un habitáculo medio derruido y lleno de mugre, yo vomitaba un trozo de carne que en el pasado era parte…formaba parte de una persona que entretenía al caminante cotidiano con un teatro de pulgas, una sonrisa afloró en mi cara entre la bilis y los trozos de carne escupidos, “no deja de ser sorprendente la vida”, murmuré.

Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

LA CARTA MÁS RARA A SANTA CLAUS

LA CARTA MÁS RARA DE UN NIÑO A SANTA CLAUS

 

 

El hombre que vive en mi armario es muy raro. Viste con un viejo traje negro y es muy alto, muy arrugado y habla muy fino. Se parece a los hombres que veo en la tele que hablan diciendo palabras muy educadas y siempre sonríe. Tiene unos dientes muy largos y muy blancos, como los del lobo del cuento de caperucita. Cuando llega la noche, y mis padres roncan, la puerta de mi armario se abre muy despacio, muy despacio y sale él. Bueno, es una especie de sombra pero cuando se pone a los pies de mi cama y me habla yo veo un hombre. Me cuenta historias de cuando él era un hombre de carne y cogía niños y los guardaba en un sótano y jugaba con ellos. Se lo pasaban muy bien me dice. Tiene muchos juguetes me dice también.
Pero yo no quiero ir con él. Me da un poco de miedo porque sus ojos se ponen rojos cuando a veces, sale de mi cuarto y anda hacia el cuarto de mis padres. Yo le sigo y le miro. El hombre raro se queda horas mirando a mis padres y se le pone los ojos rojos, y también deja de sonreír, se pone muy serio. Una vez vi una peli en la que a un perro se le ponían los ojos rojos también y eso era malo porque se volvía loco.
Santa Claus este año no quiero regalos, quiero que eches de mi casa al hombre raro. Creo que es malo porque la otra noche se sentó en la cama y me dijo cosas muy feas. Me dijo que si yo iba a la cocina y cogía un cuchillo, de esos largos, y se lo clavaba a mamá y a papá me regalaría un montón de juguetes, todos los que yo quisiera. Pero este año no quiero juguetes, quiero que le eches de mi casa.
P.D: Santa Claus yo sé que tú eres muy fuerte pero ten cuidado, creo que el hombre raro también, porque le he visto hasta atravesar paredes.

Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

BAJO LA MANTA

Como todas las noches, Andy se dispone a sacar la basura. Casi es medianoche. Con cariño mira a su mujer, que está dormida en el sofá bajo la manta y varios cojines, y, agarrando la bolsa de basura con cuidado,  abre la puerta y sale a la calle. Habían estado viendo la última película, malísima por cierto, de un actor en total y claro declive, por lo que su mujer se había quedado irremediablemente dormida. Sonríe con ternura.  Mientras recorre la decena de metros que los cubos distan de la puerta de su domicilio, va pensando en el viaje que harán la próxima semana, por fin a Holanda,  repasando mentalmente la lista de preparativos para el mismo. Llega hasta los cubos, deja la basura y vuelve a su casa.

Directamente va hacia la cocina y bebe un vaso de agua. Después se dirige al cuarto baño diciendo en voz alta:

-Cariño, vamos a acostarnos ya, levántate anda.

Orina y se lava los dientes. Se dirige al dormitorio repitiendo la consigna:

-Vamos Adi, vamos a dormir, sal de debajo de mantalandia.

Se desviste y se pone el pijama. Medio mosqueado va hacia el salón.

-Mira que te cuesta, vamos cariño.

Andy llega al salón y sigue arengando al montón de cojines y la manta. Al borde de la irritación zarandea el pico bajo se supone el hombro de su mujer. La manta  cae lánguida a un lado. Bajo el acolchado cúmulo no hay nadie. Andy enarca una ceja de forma divertida. Mira hacia al pasillo. “¿Qué raro que Adi quiera jugueteos a esta hora?” piensa extrañado. Revuelve los cojines y la manta distraídamente, entonces dice:

-No tengo ganas de que me des un susto, venga a dormir. Pareces una cría, vamos.

Resopla resignado.

Cómicamente adopta la postura de típico ladrón de dibujos animados, de puntillas y las manos a las paredes, y grita un “¡Venga te pillo y ya lo dejamos ¿vale?!” Busca en el cuarto de invitados y en el baño. En la cocina y en el dormitorio. Una extraña sensación comienza a nacer en su pecho. Diez minutos después ha buscado en toda la casa. No hay nadie más aparte de él. Gotitas de sudor perlan su frente.

Sale a la calle y cruza la calzada. Llama a casa de su vecina Debbie, quizás Adi haya ido para preguntarle algo…o algo parecido. ¿De noche? ¿Tan tarde? ¿A preguntarle qué? ¿Y si así hubiera sido, la habría visto seguro, no?

Nadie le abre en casa de su vecina. Entonces lo recuerda, Debbie pasaba la semana en casa de su hermana en el norte del país. No estaba en su casa, y vivía sola.

Andy deshace sus pasos y se queda parado en mitad de la calle. Avanza un poco y se asoma a una esquina. De repente se pone a andar y da la vuelta a la manzana mirando por todas las casapuertas y portales. Nada.

-¿Dónde estás? ¡Adie!.

Corre hacia su casa y entra dando un portazo. Revisa la vivienda una vez más, desesperadamente y gritando el nombre su mujer. Nada. Miles de pensamientos azotan la cabeza de Andy. Pero sobre todo incomprensión, confusión. Justo cuando echa mano del teléfono para llamar a la policía ve algo. Ha notado movimiento en la calle a través de la gran ventana del salón. Se asoma esperanzado. Una figura acaba de doblar la esquina de enfrente de su casa. Sólo la ha visto durante menos de un segundo pero el pijama de color blanco de su mujer es inconfundible. Suelta el auricular del teléfono y sale atropelladamente a la calle. Salva los metros hasta la esquina en una frenética carrera y se asoma a la calle. Vacía. Sólo se ve la calzada descendiente hasta el puente de Saint Michael y las últimas casas de su barrio a lo lejos.  De pronto la ve. Está subida en…

Andy sale disparado. Ve como su mujer está subida en el borde del puente. Abajo sólo está el lecho seco del río Patton…a unos veinticinco metros. Comienza a gritar el nombre de su mujer. Ve como le ondea el cabello por el viento. Ve como le tiemblan las piernas aguantando el equilibrio. Ve como ella gira la cabeza y por fin le mira…Cuando Andy está a pocos metros, Adi, su mujer desde hace casi nueve años, se tira. En el último instante Andy ve que su mujer está sonriendo. Sigue la caída con los brazos apoyados en el borde y siente una opresión en el pecho insoportable…de pronto, justo cuando su mujer va a estrellarse con el suelo grita:

-¡Nooooooo!

Andy abre los ojos chillando de pánico. Está tumbado en el sofá con varios cojines por encima y la manta echada. Mira hacia la puerta del salón y ve a su mujer con la bolsa de basura en la mano. Se le descuelga la mandíbula de asombro al verla.

-Oye ¿hoy no sacas la basura tío? Mira que quedarte dormido. Aunque de verdad que la peli era mala de verdad.

Andy no logra articular palabra. Finalmente, mientras que una lágrima se desliza lentamente por su mejilla derecha dice:

-Adi, amor mío, la peli es para suicidarse.

Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

VIEJOS AMIGOS

-¿Cómo estás viejo amigo? Te veo lejos pero, innegablemente ahí estás. Siempre con tu traje dorado ¿verdad? Tiempo hace ya que no nos encontrábamos, las circunstancias claro. Bueno la verdad es que nunca esperé verte otra vez, siempre pensé que me iría de otra forma no sé, quizás más teológicamente. Ya sabes que lo de la religión nunca lo llevé muy bien, seguramente debido a que era el lugar donde quizás mi existencia hubiera encajado más y mejor pero sólo hallé repudio así que, la cautericé y seguí hacia delante, dándole la espalda, como a ti.

<< ¿Cuánta sangre, verdad? ¿Cuántos cuerpos? Realmente, piénsalo. Si los apilara uno encima de otro creo que la columna llegaría hasta… ¿Hasta dónde amigo mío? ¿Hasta ti? Uno se plantea todo llegado a este punto, como por ejemplo el hecho de que haya masacrado tantas almas, que haya obviado tantas reglas, pisoteado tanta ética y moralidad, incendiado tanto futuro o simplemente el hecho de las increíbles consecuencias de mi estúpido comportamiento. Sí, oyes bien, no es arrepentimiento en su total significado pero bueno, de los míos no verás a muchos en esta actitud, ni siquiera en tu presencia.

<<Ya noto tus consecuencias. Te tengo lejos y sólo estás despertando pero es increíble, eres muy poderoso. Veo pelos de mi cabeza levitar ante mis ojos. Y el olor muy agradable no es la verdad. Me gustaría estar consciente hasta el último momento ¿sabes?…por favor. Redimirme ante tu poder. Es increíble el tiempo que llevamos los dos en esta pútrida tierra. Bueno tú desde luego el primero, los míos, un poco más tarde, claro que midiéndolo en tiempos divinos, así lo veo. En tu caso ayudando, en el mío, exterminando.

<<Duele mucho. Recuerdo…recuerdo aquella noche en Londres, cuando vi la cara de la niña asomada por la ventana suplicando finiquitar su sufrimiento, y bien sabes que lo hice, no por ella, sino por mi sed, evidentemente. Me colé por la chimenea, como el gordo navideño, y arrasé con todo…como postre la niña. Recuerdo que la degusté durante casi tres horas. ¡Casi me coges! Estoy cansado viejo amigo. Siempre excusas para la maldad y vuelta a la oscuridad, siempre a tirones e instintos como una alimaña; el viaje eterno del romántico y seductor, existencia que achacan a los de mi especie, no es sino la emigración de una bestia letal e imparable por la vida frágil de los hombres.

<<Me deshago viejo amigo. Noto la nada cubriéndome. El dolor me está matando…gracias…

 

Últimas palabras de Jean Pierre Vereneu, vampiro de cuarta generación, mientras sale el Sol por la bahía del monte Saint Michel, Francia. 

Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

EL ZUMBIDO

Una noche más, Dave se levanta de madrugada. El zumbido ha vuelto. Como tantas veces anteriores, resuena en toda la casa, ilocalizable, imposible de encontrar el origen. Es un zumbido continuo de muy baja frecuencia que reverbera en los oídos de Dave cómo si fuera un mosquito invisible. Recorre toda la casa con la cabeza medio agachada y con el ceño fruncido en gesto de concentración. Abre la ventana del salón y se asoma a la calle. El silencio de la noche lo envuelve todo y excepto un lejano ladrido, no se oye nada más.

Debe ser en la casa, piensa Dave mientras la recorre por cuarta vez esa noche y decimonovena en la semana. Desesperado opta por los tapones de siempre y decidir lo que fuera al día siguiente.

Así es, al día siguiente y con dos tazas de café, se sienta en la mesa del comedor y encendiéndose un cigarro, se plantea el tema del zumbido de la forma más profesional posible. Concentrado coge su libreta para apuntar sus acciones a tomar pero está toda llena del número 6 así que la desecha mecánicamente sin apenas pararse a pensar sobre el tema. Vuelve al tema del zumbido, casi inmediatamente.

-Llevo así dos semanas, creo que voy a volverme loco, si ya no lo estoy un poquito. Vamos a ver, se oye en toda la casa pero el lugar de donde emana, el punto exacto, no lo hallo. Es hora de poner en marcha medidas más pintorescas.

Aquella misma noche el zumbido vuelve. Dave se levanta y en vez de recorrer la casa en su itinerario de concentración, va a la cocina y coge un vaso. Se anota mentalmente la tarea de comprar cuchillos, los que tiene están viejos y romos, y una espátula de acero, aunque en el fondo no sabe porque tiene que comprar esas cosas. Coloca el vaso en la pared más cercana y ahí está, el zumbido. Se oye y se nota en un pequeño vibrar. Dave lo hace pared por pared hasta que se da cuenta de que en el cuarto de invitados la vibración es mayor y más notoria en sus cuatro paredes. Se parece a una especie de rotor o motor de algún aparato. Ese cuarto da a varias viviendas. La pared oeste da a un patio, por lo que queda descartada. La del este da a la vivienda de la otra calle y la del a norte a la del vecino. La del sur es la entrada al mismo cuarto, por lo que también queda descartada.

-Así que, o es de los que viven en la calle de al lado, o es Marjorie mi vecina. Bueno ya sé que hacer.

Una vez más, así es, al día siguiente, rondando la hora de cenar Dave llama a casa de la vecina. Ésta abre. Marjorie es una mujer menuda y de huesos anchos, fiel seguidora de Jesús y amante amantísima de las plantas que tan dignamente cuida en su patio.

-Hola vecina.

-Hola Dave.

-Mira me preguntaba si exactamente, uhm, en el cuarto, bueno…Mira, ¿has colocado algún electrodoméstico, algún frigorífico o una lavadora no sé? ¿Algo parecido?

-Dave.

-¿Qué?

-Tienes ojeras, ¿va todo bien?

-Sí, sí, ¿ojeras?, bueno no duermo excesivamente bien últimamente…entonces que me dices.

-Pues no Dave, no he metido nada de eso en mi casa. ¿Cómo te va con el libro que te presté?

Dave inclina la cabeza hacia abajo y se pierde en pensamientos relacionados con el zumbido. ¿Cómo iba a colarse en la casa de la otra calle? Su vecina le pregunta algo pero menea la cabeza negativamente y tras una leve despedida se va.

Baja los peldaños y sale a la calle. La noche es muy fresca. Dave se abrocha la camisa y dobla la primera esquina hacia la derecha. Anda unos pasos y se para. Está delante de la casa que da con la suya al otro lado, por el cuarto de invitados.

-¿En serio?

Está en obras. Un cartel con la empresa de construcción correspondiente aparece luminoso junto a la puerta casi levantada del hogar. Dave lanza un bufido y se da la vuelta. Ya en su casa se vuelve a sentar en la mesa del comedor. En aquel momento no recuerda porque tiene una mesa de comedor. Vive solo y no tiene muchos amigos.

-¿En obras? A lo mejor el zumbido viene de uno de esos ventiladores industriales que colocan a veces por las humedades y eso.

Es terminar la frase y saber que no es así. Ese zumbido debe ser otra cosa.

Una mañana más se levanta y realiza las rutinas. Hay un libro en la mesa de comedor que no recuerda haber leído. Sale a la calle.

Los obreros están sentados en los escalones de la casa mientras comen un bocadillo. Dave se presenta como un comprador en potencia y, tras no pocos obstáculos, logra que le dejen pasar a echar un vistazo a la distribución de la casa. Así lo hace. Tras unos minutos y calculando habitación por habitación, encuentra con la que da a la suya de invitados, pared con pared. Allí no hay nada que pueda emitir zumbido alguno.

Regresa a su casa y se sienta en el comedor. No recuerda haber comprado los cuchillos y la espátula pero ahí están, junto al libro.

-No entiendo que pasa ¿¡De donde viene el zumbido!?

Aquella misma noche el zumbido vuelve. Se levanta y realiza todas las rutinas de paseo y reconocimiento, con el vaso inclusive. Vuelve a dar con el cuarto de invitados como origen. Entonces, cuando nota que la desesperación se torna locura cae en algo. Ockham. Si no es de un lado u otro…Dave mira hacia abajo, hacia sus pies. Se agacha impulsivamente y mientras le cae la saliva por un lado de la boca coloca presuroso el vaso. Ahí está, el zumbido claro y nítido, incluso el sonido de algo metálico.

Comienza a palpar las juntas de las losas hasta que de una se lleva restos de arenisca. Al hacerlo se deja un trozo de uña incrustado. No sufre dolor alguno, concentrado como está ¿Con que podría raspar esto? Corre hacia la cocina y agarra la espátula.

Dave comienza a raspar y raspar. Raspar y raspar. El sudor le gotea de la nariz. Los pelos se le pegan a las sienes. Los ojos, desorbitados, no abandonan ni un segundo el plano de la losa. Se deja piel y sangre en el suelo. Horas después por fin nota que la losa está liberada, y así otra y otra, hasta soltar seis. Con ayuda del atizador de la chimenea las levanta todas. Una escalera hecha de ladrillos desciende hacia la oscuridad. El zumbido se desata en un largo y monótono sonido a motor. Dave se quita la camiseta y la arroja contra una pared mientras se dirige hacia un armario. Tras rebuscar y no hallar nada va hacia la cocina. Ve de soslayo el libro. Se para en seco. Lo coge y lee el título: La memoria atrapada. Le da la vuelta y ojea la sinopsis. Es un libro de autoayuda que revela secretos para destapar recuerdos bloqueados por la memoria. Dave sonríe, lo ningunea y lo deja en la mesa. Rebusca ahora entre los cajones y ahora sí la encuentra, la linterna.

Vuelve al cuarto y desciende la escalera con la linterna encendida. Lentamente siente que la oscuridad rasgada lo traga. Sabe, por alguna razón, que aquel lugar es definitivo, sabe que aquel lugar está fuera de toda humanidad, alejado del raciocinio, aletargado en las fauces de una bestia. Pero se siente como si estuviera abriendo un regalo de cumpleaños que intuyera ser lo que más ha querido, deseado y anhelado en su vida.

Por fin pone los pies en el suelo arenoso de la pequeña sala. Un pequeño generador ronronea junto a un enorme congelador industrial. El frío sonido resonando en la sala y en su cabeza, la suciedad de sus manos y la mirada vacía, el cuerpo en tensión, arma de toda vileza…todo se convierte en la antesala del recuerdo. Dave se acerca al congelador y lo abre. Los restos de cinco personas aparecen desperdigados, amontonados, encajonados bajo la película de escarcha de hielo. El golpe de frio sanguinolento supone el despertar total del asesino.

Dave sabe que su memoria, su real memoria estaba perdida. Pero también sabe que su alma de asesino insaciable se iba a encargar de recordarle, que lo que realmente interesa, es matar a la sexta víctima. Ahora si recuerda para que quería los cuchillos.

Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

MI AMIGA

Mi amiga

 

 

-No pudimos entrar por la puerta delantera ya que estaba totalmente cerrada y, aunque hubiera estado abierta, teníamos miedo por si algún vecino nos veía rondar por la casa abandonada. Así que la rodeamos y descubrimos una ventana medio abierta en el lado sur, logramos colarnos…sólo éramos unos niños…

-Continúe señor Smith.

-Dentro…el interior estaba muy oscuro, sucio y lleno de trastos por todos lados, había telarañas colgadas de las lámparas y polvo en el suelo, mucho polvo. Recuerdo que Richie dijo que parecía como si nadie hubiera entrado en la casa desde hiciera muchos años, ya sabe, era “el detective” de la pandilla.

-¿Fue Richie el que os habló sobre la casa abandonada?

-Bueno, todo el mundo en el pueblo sabía de la casa, pero como le digo Richie había incluso ido a la biblioteca e investigado sobre aquel horrendo asesinato, la desaparición de la niña y todo eso… Como le decía entramos y deambulamos un poco fascinados, todo  fue a peor cuando nos encaminamos al sótano. Nada más decidir bajar oímos la risa de la niña, fue tan claro y evidente que Mike salió disparado y se fue por donde habíamos entrado…quedamos Richie y yo.

-¿No se asustaron?

-Bueno, yo bastante pero mi curiosidad pudo más. Richie se mostraba ansioso así que bajamos. El aire estaba espeso y cargado, olía raro, fuerte…azufre creo…no sé. Encontramos el sótano vacío prácticamente. En una esquina había una mugrienta lona que cubría algo, cuando la quitamos vimos que eran juguetes…fue entonces, al coger Richie una muñeca, cuando oímos la voz de la niña, nos preguntó si queríamos jugar con ella.

-¿No la veían?

-No, pero Richie avanzó nervioso hacia un rincón oscuro del sótano y de pronto de él surgió una niña. Tenía el pelo largo y oscuro…vestía un pijama con payasitos de colores. No le veíamos los ojos ya que tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia el suelo. Y aunque supimos que era una aparición, no nos movimos del sitio.

-¿Qué sintió usted entonces?

-Tristeza e ira, la niña sólo quería jugar con nosotros pero Richie se alteró mucho y se puso como loco, la niña se asustó y fue cuando levantó los ojos del suelo y nos miró…

-Lo siento señor Smith es la hora, nos veremos el miércoles de la semana que viene.

El señor Smith llegó a su casa una hora después con los ánimos por los suelos. Era el cuarto psiquiatra que visitaba y mucho temía que éste tampoco le ayudaría. Entró en su casa y se sentó en el suelo del pasillo mirando hacia la oscuridad de una esquina. Minutos después la niña surgió de las tinieblas del rincón. El señor Smith se dispuso a jugar con ella, como hacía todos los días durante los últimos veinte años.

Categorías: Microrrelatos | 2 comentarios

EL TREN POR LLEGAR

EL TREN POR LLEGAR

 

 

El día había estado escupiendo agua sin parar y el viento hacia bailar las gotas violentamente, así que a Horace Kane no le extrañaba lo más mínimo que la vieja estación de tren de Glatery estuviera desierta como lo estaba. Bueno también era verdad que el tren que esperaba era el último de la noche, rondando ya la hora de la cena. Y además de que por aquellos lares de campo profundo y ruralismo total, los días eran más cortos y el bullicio de la urbe no existía.  Miró su reloj y vio que faltaba aún treinta minutos para su expreso así que se sentó en un desvencijado banco y se dispuso a disfrutar del aguacero.

Llovía sin parar, y el viento sacudía la marquesina bajo la que se cobijaba Horace Kane acompañando su soledad con el crujir de la madera. Delante de sus ojos y pasando la vía, solo se veía un oscuro bosque difuminado por el manto de agua descendente, que suponía el principio del sendero que conducía al pueblo del que se iba Horace Kane, Glatery. Dicho pueblo no conformaba más de una treintena de casas, un aserradero y dos o tres almacenes de comida. Todos los habitantes eran mayores de cincuenta años ya que los jóvenes emigraban precoces hacia la capital. Aun así, a tal lugar fue a parar Horace Kane días atrás por razones de negocios, enviado por la firma de administradores para los que trabajaba, Peabody & Carsons, para tasar y valorar una parcela tremenda de belleza y tamaño, para la potencial adquisición de un ricachón de la capital interesado en vivir su jubilación en paz y descanso. Para ello no había gastado más de dos días, alojándose en la tasca del pueblo a cambio de un módico precio. No había congeniado mucho con los habitantes del pueblo, ni siquiera con el dueño de la tasca o los habituales parroquianos. No era Horace Kane mucho de congeniar y sí de trabajar, refunfuñar y mirar hacia otro lado.

Mientras pensaba en sus negocios recién finiquitados y los por venir, jugueteaba despistado con la petaca de coñac que guardaba en su bolsillo de la chaqueta. Su única debilidad en este mundo era ese, el buen coñac quemador de gargantas. Agarró la pequeña botella y mientras se la llevaba a la boca percibió con el rabillo del ojo algo a su derecha. Hacia allá miró y descubrió que en el otro banco había una mujer sentada. No pasaría de la treintena. Su pose era recta y firme, casi estática, mirando hacia la vía. Sin dejar de extrañarse por no haberla notado llegar, Horace Kane pensó que la mujer tenía un perfil verdaderamente bello. Rasgos delicados y finos, femeninos aunque no exentos de cierto carácter. La melancolía del paraje y el disfrute alentador del alcohol soltaron la lengua de Horace. Guardó atropelladamente la petaca y dijo:

-Muy buenas señorita, desapacible noche ¿verdad? – dijo rozando levemente el ala de su sombrero.

La mujer llevaba un vestido muy a la moda, de un bonito color celeste y un sombrero blanco precioso. Muy veraniego quizás para estas alturas de año, pensó Horace Kane. La miró durante unos segundos esperando contestación pero la mujer apenas se movió. Ante tal descaro de indiferencia, murmuró un comentario sobre la educación de aquellos tiempos por parte de los jóvenes y volvió la mirada hacia la vía.

De vez en cuando lanzaba miradas huidizas hacia la mujer hasta que se llevó un susto cuando se giró al lado opuesto al de él y susurró algo. De pronto un niño se bajó del banco. Era muy pequeño y la figura de la mujer lo había tapado todo aquel tiempo haciendo pensar a Horace Kane que estaba sola. Sus rasgos eran muy parecidos así que supuso que eran madre e hijo. Extrañamente aquel niño le cayó antipático inmediatamente.

El pequeño comenzó a corretear por la estación simulando ser un avión. Abría los brazos e imitaba el ruido de unas hélices, haciendo como si volara. Horace Kane sonrió como cuando realmente quería llorar. No estaba dispuesto a aguantar a un infante mimado y ocioso revolotear a su alrededor molestándole. Así que se medio incorporó cuando el niño pasaba cerca de él.

-Oye muchachote, te vas a caer como sigas planeando por aquí. Te vas a pegar un cabezazo contra la vía y el tren está por pasar, yo no es por meterte miedo pero yo de ti me sentaba tranquilo en el banco junto a mamá y disfrutaba de este tiempo tan inspirador.

El niño era rubio y tenía la cara llena de pecas. Estaba regordete y sus ojos eran descarados y directos. Todo en él señalaba a un pequeño de esos consentidos y mimados hasta la adolescencia.

-Mi madre me ha dado permiso para jugar y usted es un desconocido así que no puedo seguir hablando.

-No sería un desconocido si tu madre tuviera modales y hubiera respondido a mi invitación de convencionalismos y conversación. Pero bueno por mí sigue planeando que ya verás cómo…

-¡Travis! No empieces otra vez con lo mismo de siempre, ¡se acabó el juego ven aquí y siéntate conmigo! – la madre habló por fin.

Horace Kane pudo ver finalmente la cara de la mujer, y ciertamente que era preciosa.

-Es que el señor me estaba regañando – el niño se puso colorado de frustración

-¡Vaya con el niño!, simplemente le estaba diciendo…- Horace se sentía escandalizado.

-Travis pensé que esto había quedado atrás ya. Siéntate, a la de tres, una…

Travis se sentó. Horace Kane había contemplado el asunto con cierta confusión no sin cierto matiz de furia y escándalo. Aquella mujer, aunque fuera la mismísima Atenea, no podía primero obviarlo, ignrarlo, y luego interrumpirle dos veces cuando estaba hablando. Aquello no podía quedar así. Se levantó furioso y se acercó a la madre y al niño. La ira le recorría las venas, podía notarla como un brasero bajo su alma. El niño le miró asustado y llenando los ojos de lágrimas, se apretujó a su madre aterrorizado de miedo ante la llegada de Horace.

-¡No voy a permitir que, primero, me ignore en mi solidaria invitación al superfluo comentario y la oportunidad de conversar conmigo, segundo, deje a este pequeño mono de feria campar por la estación molestándome y luego, con la total impunidad que le dan sus rasgos femeninos, interrumpirme mientras hablo…dos veces!

Verdaderamente no soportaba la furia que le corroía. Era muy extraño…Entonces pasó algo. La mujer miró hacia ambos lados de la estación con expresión preocupada, aunque seguía ignorándolo y sin signos de siquiera haberle oído. Después pareció como si oliera algo en el ambiente. De su boca emergía un vaho con cada respiración. Del niño también, aunque éste, en aquel momento, prorrumpía en inconsolables llantos. Horace Kane retrocedió estupefacto. ¿Por qué seguía ignorándole aquella mujer? ¿Qué había asustado a aquel niño tanto? Una inquietante sensación de calor comenzó a subirle por el pecho, hacia la cara. Pero no era una sensación de calidez, sino de abrasamiento. De pronto un dolor horrible le atenazó el corazón y se tapó la cara con ambas manos. Gritaba de tortura y aflicción, se sentía arder. Creía que de un momento a otro vería llamas abrazarle por el condensado aire. No sabía que se podía sentir tal calibre de suplicio.  Comenzó a recular para quitarse de la vista de la mujer y el niño en un vano intento de evitar la catástrofe de tal numerito.

Pasaron unos segundos… ¿o fueron minutos? Un sentimiento de atemporalidad y el olvido de la eternidad suprimieron el dolor de Horace Kane en seco, dejando un eco sordo ligeramente molesto. Se destapó la cara y, desde detrás de un panel de horarios escuálido y medio roto, observó a la madre y su hijo. Ella estaba arrodillada mientras consolaba al niño, el cúal no paraba en su retahíla:

-Sí mamá, te juro que esta vez es verdad, verdad de la buena. Lo he visto y he hablado con él, estaba enfadado…

-Mira Travis no sé qué te ha pasado, ¿pero no crees que esa historia es muy antigua ya? La del señor Kane que murió quemado en el antiguo incendio de la estación y todas esas tonterías, estoy harta de tus amigos imaginarios…

-¡Mamá yo lo he visto, creí que era un hombre normal pero luego se acercó y era como un monstruo, y estaba como quemado y olía mucho a alcohol…!

-¿Alcohol?…- la madre cambió repentinamente la expresión de su cara – A mí también me ha parecido oler a coñac durante un momento….

La madre desvió la vista preocupada hacia el otro banco. Se levantó rápidamente y tras decirle algo a su hijo abandonaron rápidamente la estación.

Horace Kane salió desde detrás del panel de horarios y se acercó lentamente hacia la vía. Su mente era un hervidero de recuerdos, sentimientos olvidados y retazos de dolor y furia. Miró hacia la noche lluviosa siguiendo el oscuro camino de los raíles y, se preguntó, cuando demonios llegaría su tren.

 

Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.