MITOS Y LEYENDAS URBANAS

NO SÓLO LOS PERROS.

-No mamá, ya soy mayor, tengo quince años y creo, firmemente creo que puedo quedarme sola en casa. Déjame la cena sólo para calentar si te quedas más tranquila, pero por favor confía en mí.

El padre mira a la madre con expresión torcida. Luego ella lo mira a él y finalmente sonríe.

-De acuerdo, pero no le abras a nadie, no cojas el teléfono, te llamaré desde el restaurante al móvil, acuéstate temprano y no traigas a nadie aquí…

-Sí mamá, todo saldrá bien. Iros ya, además no estoy sola, Kido me hará compañía.

El aludido es un perro, un labrador, que al ser mencionado hace acto de presencia meneando la cola de forma amistosa.

El matrimonio abandona la casa no sin antes unas últimas advertencias por parte de la madre a su hija de quince años la cúal, por fin, ha conseguido su primer acto serio de responsabilidad.

Aun así la niña pronto descubre que quedarse sola un martes noche es un rollo. Lo único que ha roto la espesa tarde ha sido la llamada de su madre desde el restaurante preguntándole cómo iba todo. Y poco más. Ninguna de sus dos mejores amigas puede ir a su casa y tras cenar y ver un poco la televisión, pronto decide acostarse ya que al día siguiente tiene instituto. Antes, recorre la casa, comprueba la entrada y cierra las ventanas, lamentándose de no poder cerrar la última, la del pasillo del primer piso ya que está estropeada y no cede. Finalmente se acuesta. Al hacerlo Kido, su perro, realiza su acostumbrada vuelta a la casa para finalmente colocarse debajo de la cama de la niña.

Minutos después, la niña duerme plácidamente.

La noche despliega su manto oscuro por la ciudad. La luna comienza su pálido reinado y las tinieblas rompen los candados de sus celdas.

En algún momento de la noche la niña despierta. Sus padres parecen no haber vuelto, así que  se dispone a cerrar los ojos y continuar durmiendo cuando descubre un ruido que se había estado oyendo y del que no se había percatado. Parece venir de su cuarto de baño. Aguanta la respiración y escucha más atentamente. Es un goteo. Un lento gotear. Asustada mira por encima de la manta hacia el cuarto. La puerta está entreabierta y claramente el ruido proviene de ahí. Asustada busca el consuelo de Kido. Saca la mano de debajo de la manta y la deja caer hacia un lado, al suelo. Pronto siente el lametón de su perro. Así que la niña se medio tranquiliza y se queda dormida. Pero minutos después vuelve a despertar. El goteo sigue ahí. Piensa que puede ser el grifo, a pesar de que el corazón le late a mil por hora… vuelve a sacar la mano y vuelve a sentir el lametón de su perro.

La noche avanza, pero no mucho. La niña instintivamente saca la mano por tercera vez y una vez más siente el lametón. Está asustada y no puede dormir. Así que decide levantarse. Anda lentamente hacia el cuarto de baño. Al llegar un extraño olor le llega hasta la nariz. Entra en el cuarto y enciende la luz. Kido aparece muerto en la bañera, con la garganta abierta en un tajo horrible, medio sumergido en agua roja. En el espejo del cuarto se puede leer escrito en sangre: “No sólo los perros lamen”.

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