La Puerta de Cristal. Parte final. LA PUERTA DE CRISTAL

La Puerta de Cristal

 

 

Ahí estaba la Puerta de Cristal. Mis ojos la veían y mi corazón la anhelaba pero mi cuerpo no se movía. Era como si una losa de mil toneladas oprimiera mi cuerpo.

Comencé a recordar…

…una noche llena de estrellas sobre mi cabeza, una urgencia, un recado a realizar, yo caminando por una calle…

Mis brazos se alzaron y mi cuerpo inició el ascenso. Lento pero firme, atravesaba el aire denso del mundo que había sido mi mapa de viaje durante…hace dos años desde que pasó…durante dos años. Abajo dejaba el lago, las piedras, la pradera, el mar, la playa, la tundra, lo dejaba todo atrás.

Un calambre en mi dedo índice y de pronto una voz:

-¡Se mueve! ¡Ha movido el dedo!

Las puertas de cristal estaban delante de mí. Las atravesé. Durante un segundo reuní en mi cuerpo un dolor de tal calibre que mi alma se dobló en un lamento y un suspiro salió de mi pecho como si llevara milenios aguantando la respiración. Y es que la puerta de cristal de pronto parecía otra cosa… ¿una mascarilla?

Ante mí apareció el sol blanco. Mi vista estaba difusa pero poco a poco se fue aclarando. El sol blanco era, era…una lámpara en un techo.

Miré a mí alrededor. Estaba en una cama, en un hospital. Lo recordé todo de pronto, la memoria se desbloqueó en un torrente de imágenes. A mi derecha, mi mujer Anne lloraba de alegría. Me quitó la mascarilla de plástico que me ayudaba a respirar… ¿mi Puerta de Cristal?…probablemente, y me dijo:

-Por fin has despertado.

Sonreí como pude y me quedé dormido.

Irónicamente el sueño me devolvió a la noche en que me dispararon. Mi mujer me había mandado a realizar un recado, comprar leche, y había ido a la tienda pero estaba cerrada. Caminé cuatro manzanas bajo una noche increíblemente estrellada y encontré un veinticuatro horas, entré y busqué la leche. Lo que yo no sabía es que estaban atracando la tienda. Todo fue muy rápido. Intenté ayudar al dependiente pero recibí un tiro en el pecho, sufrí un shock…entré en coma. La atracadora era una mujer, una yonki…claramente le vi el colgante que le pendía en el pecho, una medalla en forma de luna, mientras caía al suelo.

Volví a despertar y mis ojos parecían más dispuestos a estar abiertos. Mi mujer hablaba con un extraño hombre en la puerta de la habitación. El hombre era un policía, tenía unas gafas de sol, era calvo y la estrella de agente aparecía radiante en su pecho…

Mi mujer, al terminar de hablar con el vigilante…con el policía, se acercó sonriente al verme despierto. Me acarició la cara y me dijo:

-Ya habrá tiempo para hablar pero han encontrado a la atracadora, la que te disparó. Es increíble, te despiertas y a la mañana siguiente la encuentran, después de tanto tiempo

Sí, pensé, después de dos años. En ese momento miré a mi izquierda y vi una cama, sentí mi alma desfallecer. Allí yacía el Otro, su cara era inconfundible.

-Llegó la misma noche que tú, pero ahí sigue en coma. Es un pena, está sólo en el mundo no ha venido nadie a verlo en todo este tiempo.- me dijo Anne al ver que lo miraba.

Por eso quería quedarse pensé, no le esperaba nadie al otro lado.

-¿Que le pasó?…-logré articular no sin mucho esfuerzo. Mi mujer lloró de alegría al oírme hablar y tras serenarse me dijo:

-Drogas creo, una nueva especie de metanfetamina que hay por las calles parece ser. El doctor Pine me dijo que se llama Colmillos de Lobo y es muy agresiva neuronalmente.

Poco a poco iba comprendiendo y a la vez olvidando. Lejos quedaban las rizadas olas del Vino de los Dioses, los aromas estivales de la casa del hierofante o la dura tundra bajo mis pies. Había sido habitante de un mundo alejado de todo raciocinio y me estremecí al pensar que incluso iba orgulloso y altanero en mi viaje. Recordé que el hierofante fue el primero en avisarme…el hierofante…

En ese momento mi hijo entró corriendo en la habitación. Tenía ocho años. Rompí en llantos de culpabilidad ante la pérdida de memoria ante tal criatura y lo que suponía para mi ser padre. Lo abracé y le besé tanto como mi aún dormido cuerpo me permitía.

-¿Cómo estás papá?

-Mejor hijo mío.

Anne nos lanzó un beso y dijo que iba a por un café. Mi hijo la siguió con la mirada y tras verla desaparecer por uno de los…pasillos malolientes y almas blancas que se pasean presurosas… había dicho el vigilante, me miró divertido y me susurró:

-Lo mandé por ti, al druida.

-¿Qué druida?

-Le dibujé con mucha ropa así liada por el cuerpo – mi hijo comenzó a sacarse un papel del bolsillo, lo desplegó y me lo enseñó – vive en el centro de un grupo de árboles, así grande y lleno de tiestos que usa para ayudar a la gente como tú. ¡Ah! Y cultiva vientos, pequeños huracancillos ¿sabes?

Ante mi apareció un dibujo realizado por la mano infantil de mi hijo, pero que representaba perfectamente al hierofante con el que me topé. Tragué saliva.

-¿Me lo mandaste? – mi hijo asintió enérgicamente – ¿Cómo?

-Soñando con él.

Categorías: Las Puertas de Cristal | 2 comentarios

La Puerta de Cristal. Parte 4. EL OTRO.

El Otro

 

 

Tras ingerir una infusión hecha de unas extrañas hierbas lilas que me calmó los nervios, el hierofante retomó la palabra.

-Tendrás preguntas, adelante.

Mi mente volvía a funcionar bien así que me lancé.

-Aquel vigilante en la playa me dijo cosas muy raras. ¿Quién es el Otro?

-El Otro es tu compañero en el camino. Sí, tienes un compañero pero os perdisteis al principio de todo.

-¿Lo conozco? ¿Es alguien real?

-Si tu compañero ha encontrado un hierofante seguro que le ha preguntado eso también. ¿Te puedo hacer una pregunta yo a ti?

-Claro

-¿Por qué buscas la Puerta de Cristal?

-Pues porque…

No lo sabía. Sentí que necesitaba buscar la solución dentro de mí, muy dentro. Respiré hondo y de pronto lo vi claro.

-No soy de este mundo, he de salir y volver a casa.

-Exacto. Debes volver con los tuyos, te esperan.

-¿Los míos?..- noté como si una niebla que copaba mi cabeza se hubiera diluido durante una micra de segundo – ¡Mi hijo! ¡Mi mujer Anne! – la niebla se arremolinó rápidamente otra vez en torno a mí.

-¿Por qué no los puedo recordar? ¿Quién soy realmente?¿Dónde estoy?

El viento dejó de mecer las copas de los árboles. Una sensación de vértigo me invadió repentinamente.

-Estás perdido en un mundo sin nombre ni dueño, solo hecho de caminos de millones de almas. Este mundo es el que hay tras el verdadero, tras la realidad de la vida.

-¿Cómo se llega a parar a aquí?

-Bienvenido a la recta final, mírate el pecho

Al hacerlo creí morir. Una mancha roja en mi pecho crecía y se expandía por las fibras de mi camisa blanca… ¿sangre? El hierofante reclamó mi atención con un gesto imperioso.

-Ya eres consciente de donde estás y tienes claro porque debes salir de aquí, es la recta final como te digo. A partir de ahora cuanto más avances más cosas cambiarán en ti para que puedas, si lo logras ya que también aumentará el dolor, cruzar la Puerta de Cristal…la llave para abrir esta puerta es tu adaptación y conocimiento de que no perteneces aquí. Aunque bien sabes que tu rastro también da forma a este lugar. Lo que dejas atrás sólo ha estado ahí para ti.

Tras oír al hierofante volví a mirar mi pecho y ya no había rastro alguno de sangre. Una urgencia comenzó a nacer en mi alma y me levanté rápidamente.

-Es hora de irme.

 

 

Minutos después descendía una hermosa pradera cercana a la arboleda con destino al norte. Las palabras del hierofante habían dejado en mí la huella de la comprensión, al menos tenía algo claro: debía dejar aquel mundo y volver al mío, donde me esperaban los míos…fuesen quienes fuesen. Cuanto más me acercara más recordaría sobre mí, y, también sabía que encontrar al Otro me valdría para mis objetivos.

Así en mis pensamientos marchaba yo a paso ligero, atravesando lagos de bellas aguas, bosques en la lejanía de furioso verdor y mantos de flores como arcoíris derramados en la tierra, cuando encontré al Otro.

Supe que era él por puro instinto. Estaba junto a una cueva y se defendía del ataque de tres lobos. No lo dudé y corrí a socorrerle. Salvé los metros que nos separaban a la carrera y embestí contra un lobo. Los dos caímos al suelo, y cuando nos levantábamos el Otro había aprovechado el desconcierto para eliminar a la bestia más cercana a él con un certero tajo en la garganta con un extraño puñal. Nos miramos durante un segundo y nos dispusimos a atacar al unísono. El siguiente lobo me encaró gruñendo y mostrándome unos enormes colmillos saltó e pronto sobre mí, logré esquivarlo y le agarré fuertemente  con los brazos, se debatió unos segundos pero logré romperle el cuello con un brusco tirón. Mientras esto pasaba el Otro había acabado con el tercer lobo.

El Otro era alto y espigado, de cuerpo fibroso y fino. Vestía una extraña túnica blanca. Su cara era huesuda y sus ojos parecían marchitos de toda emoción.

-¿Eres el Otro verdad? – preguntamos al unísono.

Comenzaba yo a sonreír pero se me heló la expresión cuando me dijo rápidamente:

-Debes irte. Vendrán más lobos y he de matarlos.

-No, eres tú el que debes venir conmigo, o eso creo.

-Yo he decidido quedarme y vivir por siempre en lucha. Debías encontrarme por una sola razón…he de decirte algo, debo dejar volar mi último hálito de cordura y regalártelo. Óyeme: Estábamos juntos pero yo me quedo, tú debes salir porque tu mujer e hijo te esperan tras la Puerta de Cristal…aunque realmente tú no estás aquí, ni yo, sino que todos estamos más allá, incluso el vigilante, y la mujer hambrienta junto a la balsa, todos estamos tras la Puerta de Cristal…y también aquí. Nadie es autóctono de este eterno laberinto.

>>Mañana ya divisarás la puerta y los dolores serán insoportables, la herida de tu pecho hará de imán hacia la salida. Sufre mucho pero aguanta, eso te hará salir.

Tras de mí capté un ruido. Al girarme descubrí con horror como cinco lobos más venían flechados hacia nosotros.

-Corre Jan, yo me quedo.

Y así lo hice, envuelto en una congoja que me impidió mirar atrás en mi carrera. No entendía porque aquel hombre, el Otro, se quedaba aquí, en este mundo. Quizás, simplemente así son las cosas…otro fogonazo en mi mente. Sentí como perdía el equilibrio y caía al suelo como en cámara lenta. Mientras lo hacía visualicé otra vez el sol blanco y de pronto, una mujer…sentada entre las flores de un bello jardín. Me sonreía y supe que me quería. Era mi mujer Anne. Algo me abrazó por detrás pero en ese momento desperté tendido en el pedregoso suelo. Y es que no sabía muy bien que había pasado pero había dejado atrás el bosque donde vi al Otro y me hallaba en un paisaje lleno de rocas puntiagudas y endiabladamente formadas.

Me puse de pie y volví a caer. Me faltaba el aliento y me dolía el pecho mucho. Me miré pero no había rastro de la mancha roja que me sorprendió en la casa del hierofante. Aun así me notaba diferente, más despejado. Un sentimiento irrumpió fuerte en mi mente, debía hacer un recado… ¿un recado? Resoplé sonoramente y me permití una sonrisa. Estaba verdaderamente perdiendo la cabeza.

Reinicié la marcha una vez más.

Pasaron las horas. Mi marcha era realmente penosa. La mancha había vuelto a aparecer e impregnaba mi pecho de sangre carmesí. Apenas podía respirar y una extraña pero dolorosa herida había aparecido en mi antecodo derecho. Me lloraban los ojos. En un momento dado comencé a oír voces en mi cabeza que pronunciaban mi nombre envuelto en lamentos. Poco a poco sentía la vida escapárseme entre los dedos y mis pasos apenas eran firmes. Pero debía seguir, sentía que estaba cerca.

Al amanecer, llegué al lago.

Las aguas estaban quietas, tanto, que pensé durante un momento que era suelo sólido, quizás cristal…pero era agua. Caí y rodé entre las piedras hasta llegar al lago, quedé tendido boca arriba. Quedé flotando y mirando al cielo. Allí estaba. La Puerta de Cristal parecía una enorme cortina cristalina, como un parche translúcido pendiendo en el cielo. Tras ella, el sol blanco.

Otro fogonazo en mi mente…realmente, otro sueño. Los sueños eran mi arma para salir, para recordar…mi mujer sonriéndome y un abrazo. Me di la vuelta y era mi hijo. Sus brazos traducían lo que sus ojos me decían: “Estás a salvo”

Categorías: Las Puertas de Cristal | Deja un comentario

La Puerta de Cristal. Parte 3. EL HIEROFANTE.

 

El hierofante

 

 

Cuatro días tardé en llegar a tierra y cruzar aquel mar rojo azafranado. Cuando así fue, caí de bruces en la gris arena de una rocosa playa que precedía a un temible barranco desafiante a la destreza del más avezado escalador. Introduje mis manos en la apagada arena y la dejé deslizar áspera entre mis dedos. Mi espíritu estaba agitado desde que, en la noche de mi segunda jornada de navegación, un sueño azotó mi alma.

Soñé con un pozo de anchura enorme y paredes ocres y negras. De algún modo yo me hallaba en el fondo así que comenzaba ascender agarrándome a unos extraños salientes en forma de argollas blanquecinas. Sentía el lento ascenso tensionando mi cuerpo. En todo momento veía mi meta: un cielo azul y un blanco y puro sol, aunque cuanto más subía más evidente era que entorno al astro luminoso había algo que lanzaba destellos con formas de prismas de una belleza arrebatadora. Ascendiendo un poco más pude certificar que aquellos destellos los lanzaba La Puerta de Cristal. En ese mismo momento de seguridad, todo se convirtió en un infierno. Las paredes del pozo comenzaron a escupir sangre negra y tan espesa que al golpearme parecía resina coagulada de los árboles del Bosque Purgatorio. Pero en el cielo aconteció lo peor, todo cayó en tinieblas y la noche expulsó al día del firmamento convirtiendo la Puerta de Cristal en…una escalera, una escalera hacia la tierra otra vez.

Me imaginé que era normal que dejara de soñar con localizaciones concretas y empezara a hacerlo más metafóricamente. Era señal de que me acercaba, y las cosas se iban a complicar. ¿Y por qué? Pensé furioso. ¿Por qué es tan difícil salir de este descalabrado mundo?

-Pues porque este mundo se alimenta de los que campan por él mismo

La voz resonó clara y diáfana junto a mí pero al girarme presuroso no vi a nada ni nadie. Por instinto alcé la vista y en lo más alto del barranco vi a una figura. El sol nacía tras él y no lo distinguía claramente, sólo diferenciaba una oscura silueta. Me levanté y usé la mano derecha a modo de visera y así ver si reconocía algo pero fue en vano. De pronto caí en la cuenta: Aquel hombre había respondido en voz alta a un pensamiento mío. Sólo se podía tratar de un…

-Hierofante, exactamente Ungido del Sol, así es, sube y comamos algo.

¡Un hierofante! Figuras envueltas en el misterio de los tiempos. Capaces de habilidades mentales, curativas, guardianes de los elementos y poseedores de sabidurías ancladas en lo más recóndito del espíritu humano. Ungido del Sol me había llamado. Era un antiquísimo nombre utilizado para denominar a viajeros de importante caminar así que rápidamente me acerqué al barranco para comenzar mi escalada cuando el hierofante volvió a hablar:

-No eres ni una lunaraña ni un lagarto de piedra así que subir por aquí como pretendes hacerlo no será posible. Aguarda, te ayudaré…- tras un leve silencio comenzó a cantar – Si un paso quieres dar, arremeter contra la piedra es solo empezar, de caer fuego nunca cesará, si el caminante de caminar nunca parará…

Cada vez que entonaba la cuarteta un gemido emanaba de la pared del barranco y un peldaño aparecía ante mis ojos. Así fue hasta que al terminar una sinuosa escalera pétrea apareció ante mis ojos. Subí al trote y al fin me hallé frente al hierofante.

Era de estatura mediana e iba envuelto en un juego de túnicas marrones, blancas y azules arremolinadas entre sí. Su cara era afable y tenía una barba medio larga terminada en pico. Un árbol de largas ramas aparecía tatuado desde su cuello hasta su sien izquierda.

-Es un acebo, ¿ves sus hojas en forma de pico? Es el árbol insigne de mi orden – me dijo sonriendo – no temas por la conversación, la indiscreción no forma parte de mis intenciones. Acompáñame a mi casa y nárrame por el camino.

En aquel momento caí en la belleza del paisaje que nos envolvía. Praderas ondulantes de verdor y flores multicolores cuyas fragancias cargaban el aire de verano y frescor que copaban mis sentidos hasta sentirme casi ebrio.

Anduvimos unos minutos durante los cuales no paré de observar el mágico entorno. Por fin llegamos a una pequeña arboleda, todos acebos, en cuyo centro estaba la casa del hierofante. El claro que le servía de vivienda era perfectamente cuadrado y en las dos esquinas más alejadas de la entrada vi algo que no olvidaré jamás: un cultivo de vientos. Pequeños y medianos remolinos de viento, no más grandes que un pie, pululaban alrededor de uno más ancho y delgado posado en el suelo. Se podían ver de vez en cuando mini rayos de un azul brillante dar sus pequeños latigazos a los incipientes tornados. Abrí la boca impresionado y el hierofante carcajeó.

En las dos esquinas más cercanas e la entrada varios muebles estaban repartidos entre un pequeño laboratorio y un hermosísimo estanque. El hierofante me invitó a sentarme en un sillón de hiedras suaves entrelazadas y resultó ser muy cómodo. Me ofreció bayas de numerosos colores y un vaso de un mejunje que estaba tan bueno que realmente no sabría ubicarle semejanza a algo. Tras el almuerzo me habló.

-Pronto el sol se volverá totalmente blanco y así sabrás que te acercas a tu meta.

Me hallaba tan cómodo y en tal confianza que dejé atrás mi habitual altanería y me dejé llevar.

-Eso espero. He perdido la cuenta de cuánto tiempo llevo así, viajando y con el alma puesta en el camino.

-¿Sabes? Una vez un amigo muy sabio me dijo que también se disfruta del camino previo a la meta a lograr.

-Mucho me temo hierofante que yo…

En aquel momento algo pasó. Mi mente explotó causándome un dolor indescriptible y sentí morir. Mis nervios parecieron rasgarse y noté como si mi cuerpo ascendiera atravesando algo espeso y viscoso. Ascendiendo vertiginosamente, violentamente…irremediablemente. De pronto la resistencia de mi ascenso despareció y lo vi, vi el sol blanco, vi figuras a mi alrededor y voces danzando en el aire…llantos una vez y ánimos otra… Repentinamente la oscuridad volvió.

Desperté algo confuso pero me ubiqué pronto, seguía en la casa del hierofante. Éste me miraba extrañado. Me ayudó a incorporarme del suelo, parece ser que había caído, y, cuando pensé que todo había sido una especie de desmayo me dijo:

-Debes darte prisa, debes seguir. El sol blanco está tras la Puerta de Cristal. Estoy aquí para aclararte algunas zarzas del entendimiento pero solo tú puedes llegar.

-¿Cómo sabes eso?

-El aire que respiras ahora es falso. Este mundo es un cementerio y ya has empezado a cavar tu tumba.

Categorías: Las Puertas de Cristal | Deja un comentario

La Puerta de Cristal. Parte 2. EL VIGILANTE.

El vigilante

 

 

Días después de mi reveladora visita al comerciante mis pasos me sacaron finalmente de la maliciosa tundra y me introdujeron en una inmensa llanura. Poco a poco las piedras se tornaron en huidizos arbustos y el sol dejó de castigar tan cruelmente aquella tierra abandonada. Capté un retazo de olor a jazmín sabiendo al instante que me quedaba poco para llegar a un bosque, pero, cuál fue mi sorpresa, cuando tras dos días más de viaje nada de eso pasó, sino que topé con un callejón sin salida: el mar.

Las olas rojizas parecían rizos de magma diluido, la espuma, saliva de un enorme monstruo. El mar era rojo, como un vino espumoso divino que hubiera caído de un banquete de los dioses hacia la tierra.

No sabía cómo iba a cruzar. Así que decidí recorrer la playa hasta que pudiera o diese con alguien. Y así fue al tercer día.

Estaba tan cansado que no lo vi hasta que estuve a un centenar de metros. Había un hombre de pie mirando hacia el horizonte del mar, hacia el Vino de los Dioses como decidí bautizar a la coloreada masa de agua. Aquel hombre era muy alto, superaba fácilmente los seis pies. Iba envuelto en una capa espesa, como de lana, de color gris perlado de negro. En cuanto a la única parte que dicha capa no tapaba, la cara, vi claramente que era calvo aunque poco más descubrí. Me acerqué a él.

No reaccionó ante mi llegada a su lado. Seguí su mirada hacia el horizonte, por cortesía más bien y le saludé.

-Los vientos así me mecieron…

No pareció oír mi saludo antiguo del Este, de donde supuse que era por sus facciones, ya que ahora, junto a él pude fijarme claramente en sus rasgos. Su piel estaba curtida y reseca. Su cráneo, perfilado en la rasurada cabeza, estaba lleno de tatuajes de estrellas de todo tipo: grandes, chicas, torcidas, lustrosas, reales, esquemáticas…sólo una estaba coloreada, de amarillo, de forma pentagonal dentro de una esfera de igual color. En cualquier caso lo que más me sorprendió fueron sus ojos, ya que eran dos cristales negros perfectamente ovalados, parecían dos piedras preciosas siniestras encajadas en los globos oculares. Justo cuando iba a repetir mi saludo giró lentamente su cabeza y sonriendo fríamente me dijo:

-Pues pegajosos andan tus cabellos por tales vientos.

Evidentemente nunca había oído tal respuesta de saludo.

-Mi nombre es Jan y viajo hacia el Norte buscando la Puerta de Cristal.

El extraño hombre volvió rápidamente su mirada hacia el mar diciendo:

-El Norte es tierra de misterios Viajero Oscuro, si hay alguna puerta tal y como la buscas es allí donde debes ir.

¿Viajero Oscuro? Peculiar nombre con el que se había dirigido hacia mí. Ninguno de mis sueños en las jornadas anteriores me había avisado para tal encuentro. En aquel momento me dio la impresión de que el destino me había colocado junto a uno de esos individuos ajenos a las leyes del mundo por el que viajaba. Decidí ponerlo a prueba para comprobarlo.

-Hace unas lunas topé con un comerciante retirado. Confiado en un ajado refugio lloró lágrimas arenosas cuando le hablé de la Cárcel del Miserable. Y es que a pesar del hermetismo de tal localización, le desvelé datos que sólo una persona que hubiera entrado podría conocer…

-Ahorra saliva Viajero Oscuro – me interrumpió esta vez sin mirarme – lo sé todo. Siempre que hay uno que no para de viajar… – y me señaló –… hay uno que no cesa de vigilar – se señaló a sí mismo – Conozco todos los caminos de este pequeño mundo de pasillos malolientes y almas blancas que se pasean presurosas…

No entendía absolutamente nada de lo que me estaba contando aquel hombre.

-La ignorancia cubre tu rostro – carcajeó al verme tan confuso – Ya comprenderás algo cuando veas al Otro.

-¿Al Otro?

-¿Acaso tus caminos son exclusivos? Puede haber más de un Caminante Oscuro…bueno no con tu habilidad de soñar, pero si los hay. Los hay que se han quedado aquí, estúpidos ante la abstracta belleza de este mundo. Los hay que han elegido el infierno, aquella cárcel de la que hablaste con el comerciante.

-¿Infierno?

-Infierno, literalmente.

Estaba siendo demasiado para mí. Toda la superioridad que gocé en el refugio del comerciante ahora solo era confusión.

-Tranquilo Viajero Oscuro, cruza el mar y busca la Puerta de Cristal, y al atravesar sus goznes recuerda mis palabras, hallarás entendimiento.

Como me veía incapaz de seguir el hilo de aquella conversación me dejé llevar por mis anhelos más inmediatos.

-¿Cómo cruzo el mar?

-Camina un poco más hacia el oeste, hallarás una balsa que otro caminante abandonó hace milenios… ¿o fue ayer?

Abatido por el encuentro pero a la vez ansioso por dejar atrás el asunto me encaminé lentamente hacia el oeste. Al avanzar unos pasos no pude remediarlo.

-¿Quién eres?

Me miró largamente. Simplemente dijo:

-No soy, vigilo.

 

 

Una hora después llegué hasta la balsa, que resultó estar hecha de una no muy fiable madera amarillenta. Estaba varada junto a unas blancas piedras que formaban un pequeño montículo y junto a ella descansaba un tosco remo. Cuando me disponía a desatrancarla un extraño gemido me sobresaltó. Miré en dirección a las piedras y vi como algo se revolvía debajo de ellas. De pronto dos o tres cayeron y una mano emergió lentamente. Unos segundos después apareció el Hambriento.

En mis viajes por aquel mundo había oído hablar de estos seres. Hombres y mujeres antaño, seres condenados por la eternidad a sufrir un hambre atroz e insaciable. Actos de tal vileza cometidos que los dioses los habían transformado en muertos en vida para aterrorizar y vivir en el terror por siempre y el final de los tiempos. Oí como dos eruditos los mencionaban mientras conversaban en la Feria de Año Nuevo. Decían que estos hambrientos tenían la piel agrietada y blanca como la muerte, que habían perdido toda razón y forma humana. Los ojos blancos en su pérdida irreversible de todo dominio y los dientes torcidos y afilados. Y como marca distintiva total, la boca descolgada con las mandíbulas desencajadas en un ansia eterna de engullir.

Así fue la criatura que emergió de las piedras junto a la balsa. Creí distinguir, en una micra de segundo, que en su tiempo había sido una mujer ya que una bonita gargantilla de oro con una medalla en forma de Luna colgaba sobre la lechosa y agrietada piel, por lo demás no mostraba signos de humanidad ya que era un convulso amasijo de piel apergaminada, huesos asomados por resecas heridas y protuberancias bulbosas.

Con un gemido desesperado se lanzó a por mí aunque mientras hizo su aparición desde el túmulo yo ya había agarrado una pequeña piedra instintivamente. La esquivé echándome a un lado y girándome para cogerla por la espalda descargué con todas mis fuerzas la piedra sobre su nuca. En un estallido de sangre la criatura, muerta dentro de la muerte, cayó sobre la balsa. Inmediatamente me di cuenta de que la sangre era acuosa y no tan roja así que lo que pasó acto seguido no me sorprendió tanto: la sangre derramada fluyó lentamente como impulsada por un instinto primigenio hacia el mar perdiéndose entre sus olas. De la criatura desangrada solo quedaba un jirón de piel, como la muda de una larga serpiente. Fui paciente ante tal espectáculo, queriendo de algún modo, despedir a quizás la última parte humana que quedaba de tal engendro.

Mientras hacía los preparativos reflexionaba sobre lo acontecido ¿Era una forma de decirme el destino que el mar que tenía delante había nacido con la sangre de Hambrientos? ¿De Caminantes? ¿Esta criatura que acababa de matar era ese Otro del que me había hablado el Vigilante? Preguntas que revolotearon en mi mente incluso cuando ya había empujado la balsa hacia el mar y lentamente me encaminaba a mi destino deslizándome sobre el Vino de los Dioses.

Categorías: Las Puertas de Cristal | 1 comentario

Las Puertas de Cristal. Parte 1. EL COMERCIANTE

El comerciante

 

El suelo era quebradizo y traicionero. La tierra se desmenuzaba sobre la dureza de la tundra bajo mis pies. Mis labios, resecos como el aire, intentaron lanzar un saludo hacia el extraño refugio pero no salió nada de mi garganta. Me daba la impresión de que había nacido sediento y el paso del tiempo no había satisfecho nada tal sed.

El refugio era una simple cúpula de no más que un par de metros de ancho por otro par de diámetro. Jirones de ropa rota ondulaban atados a varillas de madera ennegrecida a modo de arcaicas banderas. Una pequeña ventana redonda apenas dejaba ver nada del interior. Me acerqué decidido y justo cuando iba a golpear la escotilla que hacía de entrada, el olor a comida recién hecha me revoloteó por la nariz. Golpeé el cristal de la ventana. La escotilla se abrió con un quejido y la cabeza de un hombre se asomó por la entrada.

-Bienvenido seas viajero, el sol y la luna te trajeron…

-Y hasta tu casa llegué bajo el aguacero…

Me invitó a entrar con un gesto de la mano. Había utilizado la vieja fórmula de saludo que se usaba en el sur, así que supe que sería bien recibido. Tras bajar unas escaleras de mano, y verme pues, bajo tierra, descubrí una confortable sala esférica donde se veía todo lo que conformaba un hogar, la cocina, una mesa y una cama, además del caos que conformaban todo tipo de trastos antiguos.

-Me llamo Jan, y viajo desde que la estación de las lluvias acabó. Voy hacia el norte en busca de la Puerta de Cristal.

Mi anfitrión preparaba un odre de agua y asentía ante mi presentación, hasta que mencioné lo de la puerta. Me pasó el odre en un gesto lento y pausado. Aquel hombre no tendría más de cuarenta años pero su curtida piel, las manchas negras de las manos y unas pequeñas lentes que le colgaban del cuello respondían a un mercader casi con total seguridad. Me miró seriamente y me dijo:

-La Puerta de Cristal es una quimera, un bulo, una mentira que la sociedad de mercaderes hizo correr para llenar los caminos de viajeros y así aumentar el negocio.

Bebí agua ansiosamente, como en mí era normal, y al devolverle el odre le negué con la cabeza.

-Sé que existe. Por muchas versiones que haya sobre su invención. Sé que existe.

-¿Y cómo alguien puede asegurar que ha visto al aire entrar en sus pulmones? ¿O que ha oído el lamento del sol cada vez que muere por el oeste? ¿Cómo puede alguien haber visto la Puerta de Cristal, pues?

Agaché la cabeza y comencé a desabotonarme la capa. Me la quité y la coloqué a con mimo a mi lado.

-Pues porque he soñado con ella – dije serenamente.

Mi anfitrión abrió los ojos a causa de la sorpresa. Miró instintivamente hacia la escotilla y luego volvió su cara compungida hacia mí. Pareció serenarse por unos momentos y marchó hacia la cocina. Volvió a los pocos segundos con una bandeja llena de carne ahumada y pan de cebolla. Me ofreció y gustoso acepté. Mientras yo masticaba, mi anfitrión retomó la conversación.

-El desierto nubla la mente amigo. No debería usted ir con ese cuento a nadie. En este caso ha sido afortunado ya que he visto mundo y con patrañas de todo tipo he topado así que acepte este consejo como postre: olvide que sueña, porque no lo hace.

Me limpié la barbilla con la manga de la camisa. Le miré divertido y me eché a reír.

-Cuando entré y le vi, supe que era mercader. Todo en usted lo denota.

Mi anfitrión sonrió complacido. Así que continué:

-Deje que le diga algo.

-Adelante amigo.

-¿Ya no viaja vendiendo mercancías?

-Así es. Lo dejé porque la sociedad de mercaderes comenzó a rozar la cofradía de ladrones así que decidí no participar en tal giro de directrices.

-Muy loable por su parte – dije a modo de halago a lo que mi anfitrión respondió inclinando la cabeza – ¿Durante cuantos años fue mercader, sino es indiscreción?

-No lo es. Alrededor de veinte años.

-Perfecto, entonces habrá visitado usted la Cárcel del Miserable, ¿cierto?

Mi anfitrión pareció perturbarse, no sin razón, ya que se contaban cosas terribles sobre tal lugar. Permaneció uno segundos dudando que decir.

-Como mercader –dijo por fin – Sí, visité tal lugar. Se sabe que sólo a los mercaderes se les permite entrar.  A nadie más de fuera se le deja penetrar en tal infierno. Todo lo que vive allí…

-…allí muere – dije completando una de las famosas frases que de la cárcel se decían popularmente. Continué hablando – Así que sabemos que tanto los guardas como los presos están perennes allí y sólo a los mercaderes se les permite visitar el lugar para reabastecerlo. Pero debido al Juramento de la Eterna Moneda no se les permite hablar de cómo transcurre allí la vida, ni como es la cárcel ni ningún dato al respecto. ¿Verdad?

-Cierto, demuestra usted conocimiento amigo mío. A cualquier mercader, esté en activo o retirado, se le prohíbe hablar de tal lugar. Y le aseguro que el juramento se cumple a muerte.

Miré a aquel hombre de la más incómoda forma que pude. Bebí agua para agilizar la lengua y me lancé:

-Muy bien – dije – Oiga estas palabras: La cárcel es una espiral excavada en la tierra, que desciende hasta que la oscuridad se puede comer. Las celdas son barrotes que caen de un trozo de la roca a otro, pero están hechos con huesos humanos recubiertos de una dura masilla. Y es que de la fosa común de la Cárcel del Miserable se pueden sacar tantos huesos como se quiera. Los guardas viven en garitas excavadas igualmente en la tierra y forman entre ellos un mundo totalmente aparte del de los presos. Hay dirigentes tiranos y alfeñiques conspiranoicos. Son como la corte de un rey trasgoide bajo la tierra.

>> También sé que la tierra se lamenta y emite quejidos que son afilados estiletes que penetran el oído de los presos. Lo llaman El Castigo de Las Entrañas, porque el lamento surge del alma de la tierra y roe las entrañas del hombre que vive encerrado dentro de ella.

>>La comida que los mercaderes llevan es para los guardas y los presos comen gusanos y moho. Así que sus cuerpos parecen sombras de hombres más que cuerpos. Se decretó hace unos años excavar más celdas porque si compartían habitáculo, los presos se comían unos a otros. De hecho hay una placa en el segundo piso que lo informa cínicamente.

En ese momento supe que mi anfitrión se iba a desmayar. Le pasé el odre de agua y le di dos palmaditas en el hombro.

-Hasta ahora un poco cantar de leyenda ¿no?, ¿datos más concretos…?

-No creo que…- la piel de mi anfitrión estaba pálida como la luna.

-Uno de los guardas, que lleva allí más de cincuenta años, es tuerto. Golpea a los presos con el brazo disecado de un antiguo encerrado que fue famoso por su rebeldía. A este guarda le llaman El Despertador y ya sabes cómo despierta a los presos.

Respiré profundamente. Mi anfitrión lloraba en silencio. Por fin se serenó y me dijo:

-Fue el que me abrió las puertas escondidas de la Cárcel del Miserable. Aquel guarda me pareció la maldad en estado puro…He visitado ese lugar varias veces pero aun, en las noches de insomnio, oigo el ulular del viento envenenado que sopla entre sus pasillos. ¿Cómo, brillen eternas las estrellas en el cielo, cómo sabe usted todo eso? Mi juramento muere con sus palabras… ¿Cómo lo sabe?

Le miré con orgullo y le dije serio:

-Pues porque también he visto en sueños ese infierno.

-¡Pero el ser humano no sueña desde tiempos inmemoriales! ¡Es algo como la muerte y el paso de los días, es una verdad absoluta!

Me levanté y con voz profunda afirmé:

-Yo soy Aquel que vive tras la inconsciencia del hombre perdido, soy el Viajero que cruza El Sendero Nocturno a través del tiempo cumplido, soy el que debate con la Luna que camino escoger. Soy el que cruzará la Puerta de Cristal.

Categorías: Las Puertas de Cristal | Etiquetas: | 1 comentario

MI AMIGA

Mi amiga

 

 

-No pudimos entrar por la puerta delantera ya que estaba totalmente cerrada y, aunque hubiera estado abierta, teníamos miedo por si algún vecino nos veía rondar por la casa abandonada. Así que la rodeamos y descubrimos una ventana medio abierta en el lado sur, logramos colarnos…sólo éramos unos niños…

-Continúe señor Smith.

-Dentro…el interior estaba muy oscuro, sucio y lleno de trastos por todos lados, había telarañas colgadas de las lámparas y polvo en el suelo, mucho polvo. Recuerdo que Richie dijo que parecía como si nadie hubiera entrado en la casa desde hiciera muchos años, ya sabe, era “el detective” de la pandilla.

-¿Fue Richie el que os habló sobre la casa abandonada?

-Bueno, todo el mundo en el pueblo sabía de la casa, pero como le digo Richie había incluso ido a la biblioteca e investigado sobre aquel horrendo asesinato, la desaparición de la niña y todo eso… Como le decía entramos y deambulamos un poco fascinados, todo  fue a peor cuando nos encaminamos al sótano. Nada más decidir bajar oímos la risa de la niña, fue tan claro y evidente que Mike salió disparado y se fue por donde habíamos entrado…quedamos Richie y yo.

-¿No se asustaron?

-Bueno, yo bastante pero mi curiosidad pudo más. Richie se mostraba ansioso así que bajamos. El aire estaba espeso y cargado, olía raro, fuerte…azufre creo…no sé. Encontramos el sótano vacío prácticamente. En una esquina había una mugrienta lona que cubría algo, cuando la quitamos vimos que eran juguetes…fue entonces, al coger Richie una muñeca, cuando oímos la voz de la niña, nos preguntó si queríamos jugar con ella.

-¿No la veían?

-No, pero Richie avanzó nervioso hacia un rincón oscuro del sótano y de pronto de él surgió una niña. Tenía el pelo largo y oscuro…vestía un pijama con payasitos de colores. No le veíamos los ojos ya que tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia el suelo. Y aunque supimos que era una aparición, no nos movimos del sitio.

-¿Qué sintió usted entonces?

-Tristeza e ira, la niña sólo quería jugar con nosotros pero Richie se alteró mucho y se puso como loco, la niña se asustó y fue cuando levantó los ojos del suelo y nos miró…

-Lo siento señor Smith es la hora, nos veremos el miércoles de la semana que viene.

El señor Smith llegó a su casa una hora después con los ánimos por los suelos. Era el cuarto psiquiatra que visitaba y mucho temía que éste tampoco le ayudaría. Entró en su casa y se sentó en el suelo del pasillo mirando hacia la oscuridad de una esquina. Minutos después la niña surgió de las tinieblas del rincón. El señor Smith se dispuso a jugar con ella, como hacía todos los días durante los últimos veinte años.

Categorías: Microrrelatos | 2 comentarios

EL TREN POR LLEGAR

EL TREN POR LLEGAR

 

 

El día había estado escupiendo agua sin parar y el viento hacia bailar las gotas violentamente, así que a Horace Kane no le extrañaba lo más mínimo que la vieja estación de tren de Glatery estuviera desierta como lo estaba. Bueno también era verdad que el tren que esperaba era el último de la noche, rondando ya la hora de la cena. Y además de que por aquellos lares de campo profundo y ruralismo total, los días eran más cortos y el bullicio de la urbe no existía.  Miró su reloj y vio que faltaba aún treinta minutos para su expreso así que se sentó en un desvencijado banco y se dispuso a disfrutar del aguacero.

Llovía sin parar, y el viento sacudía la marquesina bajo la que se cobijaba Horace Kane acompañando su soledad con el crujir de la madera. Delante de sus ojos y pasando la vía, solo se veía un oscuro bosque difuminado por el manto de agua descendente, que suponía el principio del sendero que conducía al pueblo del que se iba Horace Kane, Glatery. Dicho pueblo no conformaba más de una treintena de casas, un aserradero y dos o tres almacenes de comida. Todos los habitantes eran mayores de cincuenta años ya que los jóvenes emigraban precoces hacia la capital. Aun así, a tal lugar fue a parar Horace Kane días atrás por razones de negocios, enviado por la firma de administradores para los que trabajaba, Peabody & Carsons, para tasar y valorar una parcela tremenda de belleza y tamaño, para la potencial adquisición de un ricachón de la capital interesado en vivir su jubilación en paz y descanso. Para ello no había gastado más de dos días, alojándose en la tasca del pueblo a cambio de un módico precio. No había congeniado mucho con los habitantes del pueblo, ni siquiera con el dueño de la tasca o los habituales parroquianos. No era Horace Kane mucho de congeniar y sí de trabajar, refunfuñar y mirar hacia otro lado.

Mientras pensaba en sus negocios recién finiquitados y los por venir, jugueteaba despistado con la petaca de coñac que guardaba en su bolsillo de la chaqueta. Su única debilidad en este mundo era ese, el buen coñac quemador de gargantas. Agarró la pequeña botella y mientras se la llevaba a la boca percibió con el rabillo del ojo algo a su derecha. Hacia allá miró y descubrió que en el otro banco había una mujer sentada. No pasaría de la treintena. Su pose era recta y firme, casi estática, mirando hacia la vía. Sin dejar de extrañarse por no haberla notado llegar, Horace Kane pensó que la mujer tenía un perfil verdaderamente bello. Rasgos delicados y finos, femeninos aunque no exentos de cierto carácter. La melancolía del paraje y el disfrute alentador del alcohol soltaron la lengua de Horace. Guardó atropelladamente la petaca y dijo:

-Muy buenas señorita, desapacible noche ¿verdad? – dijo rozando levemente el ala de su sombrero.

La mujer llevaba un vestido muy a la moda, de un bonito color celeste y un sombrero blanco precioso. Muy veraniego quizás para estas alturas de año, pensó Horace Kane. La miró durante unos segundos esperando contestación pero la mujer apenas se movió. Ante tal descaro de indiferencia, murmuró un comentario sobre la educación de aquellos tiempos por parte de los jóvenes y volvió la mirada hacia la vía.

De vez en cuando lanzaba miradas huidizas hacia la mujer hasta que se llevó un susto cuando se giró al lado opuesto al de él y susurró algo. De pronto un niño se bajó del banco. Era muy pequeño y la figura de la mujer lo había tapado todo aquel tiempo haciendo pensar a Horace Kane que estaba sola. Sus rasgos eran muy parecidos así que supuso que eran madre e hijo. Extrañamente aquel niño le cayó antipático inmediatamente.

El pequeño comenzó a corretear por la estación simulando ser un avión. Abría los brazos e imitaba el ruido de unas hélices, haciendo como si volara. Horace Kane sonrió como cuando realmente quería llorar. No estaba dispuesto a aguantar a un infante mimado y ocioso revolotear a su alrededor molestándole. Así que se medio incorporó cuando el niño pasaba cerca de él.

-Oye muchachote, te vas a caer como sigas planeando por aquí. Te vas a pegar un cabezazo contra la vía y el tren está por pasar, yo no es por meterte miedo pero yo de ti me sentaba tranquilo en el banco junto a mamá y disfrutaba de este tiempo tan inspirador.

El niño era rubio y tenía la cara llena de pecas. Estaba regordete y sus ojos eran descarados y directos. Todo en él señalaba a un pequeño de esos consentidos y mimados hasta la adolescencia.

-Mi madre me ha dado permiso para jugar y usted es un desconocido así que no puedo seguir hablando.

-No sería un desconocido si tu madre tuviera modales y hubiera respondido a mi invitación de convencionalismos y conversación. Pero bueno por mí sigue planeando que ya verás cómo…

-¡Travis! No empieces otra vez con lo mismo de siempre, ¡se acabó el juego ven aquí y siéntate conmigo! – la madre habló por fin.

Horace Kane pudo ver finalmente la cara de la mujer, y ciertamente que era preciosa.

-Es que el señor me estaba regañando – el niño se puso colorado de frustración

-¡Vaya con el niño!, simplemente le estaba diciendo…- Horace se sentía escandalizado.

-Travis pensé que esto había quedado atrás ya. Siéntate, a la de tres, una…

Travis se sentó. Horace Kane había contemplado el asunto con cierta confusión no sin cierto matiz de furia y escándalo. Aquella mujer, aunque fuera la mismísima Atenea, no podía primero obviarlo, ignrarlo, y luego interrumpirle dos veces cuando estaba hablando. Aquello no podía quedar así. Se levantó furioso y se acercó a la madre y al niño. La ira le recorría las venas, podía notarla como un brasero bajo su alma. El niño le miró asustado y llenando los ojos de lágrimas, se apretujó a su madre aterrorizado de miedo ante la llegada de Horace.

-¡No voy a permitir que, primero, me ignore en mi solidaria invitación al superfluo comentario y la oportunidad de conversar conmigo, segundo, deje a este pequeño mono de feria campar por la estación molestándome y luego, con la total impunidad que le dan sus rasgos femeninos, interrumpirme mientras hablo…dos veces!

Verdaderamente no soportaba la furia que le corroía. Era muy extraño…Entonces pasó algo. La mujer miró hacia ambos lados de la estación con expresión preocupada, aunque seguía ignorándolo y sin signos de siquiera haberle oído. Después pareció como si oliera algo en el ambiente. De su boca emergía un vaho con cada respiración. Del niño también, aunque éste, en aquel momento, prorrumpía en inconsolables llantos. Horace Kane retrocedió estupefacto. ¿Por qué seguía ignorándole aquella mujer? ¿Qué había asustado a aquel niño tanto? Una inquietante sensación de calor comenzó a subirle por el pecho, hacia la cara. Pero no era una sensación de calidez, sino de abrasamiento. De pronto un dolor horrible le atenazó el corazón y se tapó la cara con ambas manos. Gritaba de tortura y aflicción, se sentía arder. Creía que de un momento a otro vería llamas abrazarle por el condensado aire. No sabía que se podía sentir tal calibre de suplicio.  Comenzó a recular para quitarse de la vista de la mujer y el niño en un vano intento de evitar la catástrofe de tal numerito.

Pasaron unos segundos… ¿o fueron minutos? Un sentimiento de atemporalidad y el olvido de la eternidad suprimieron el dolor de Horace Kane en seco, dejando un eco sordo ligeramente molesto. Se destapó la cara y, desde detrás de un panel de horarios escuálido y medio roto, observó a la madre y su hijo. Ella estaba arrodillada mientras consolaba al niño, el cúal no paraba en su retahíla:

-Sí mamá, te juro que esta vez es verdad, verdad de la buena. Lo he visto y he hablado con él, estaba enfadado…

-Mira Travis no sé qué te ha pasado, ¿pero no crees que esa historia es muy antigua ya? La del señor Kane que murió quemado en el antiguo incendio de la estación y todas esas tonterías, estoy harta de tus amigos imaginarios…

-¡Mamá yo lo he visto, creí que era un hombre normal pero luego se acercó y era como un monstruo, y estaba como quemado y olía mucho a alcohol…!

-¿Alcohol?…- la madre cambió repentinamente la expresión de su cara – A mí también me ha parecido oler a coñac durante un momento….

La madre desvió la vista preocupada hacia el otro banco. Se levantó rápidamente y tras decirle algo a su hijo abandonaron rápidamente la estación.

Horace Kane salió desde detrás del panel de horarios y se acercó lentamente hacia la vía. Su mente era un hervidero de recuerdos, sentimientos olvidados y retazos de dolor y furia. Miró hacia la noche lluviosa siguiendo el oscuro camino de los raíles y, se preguntó, cuando demonios llegaría su tren.

 

Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

EL VIENTO QUE SUSURRA

EL VIENTO QUE SUSURRA

 

 

Ha pasado mucho tiempo pero los recuerdos se aferran a mis sentidos sin poder arrojarlos en el pozo del olvido. Noto aquel olor en el aire. Noto mis pies sobre la hierba. Noto el viento espeso y corpóreo zarandear mi cordura. La sensación de algo inminente a través de las ramas. Veo la noche dejar caer su manto de humedad y, bajando mis ojos hacia el fuego, siento el frío penetrar en mi alma. Los recuerdos me invaden en el ahora ocaso de mi vida, y no hallo consuelo a mi pesar, incluso creyendo haber adivinado que pudo pasar aquella noche.

Aprovechábamos un buen fin de semana para disfrutar de la caza. Nos gustaba mucho, a John, Michael y a mí, armarnos con los rifles y pasar varios días perdidos en las entrañas de los milenarios bosques del este del país. Altos árboles estirados hasta la bóveda celeste, rectos y majestuosos, con sus hojas entrelazadas amorosas, dotándonos de un techo verde y oscilante. Casi no cazábamos realmente, pero estábamos juntos, reíamos y pasábamos las horas en unos parajes espectaculares.

Aquel año John insistió en marchar aún más al este, donde la caza era más escasa pero más selecta. Parecía especialmente interesado en cazar algo de peso aquel año, un ciervo negro de esos gigantes que campaban por la zona. No dejó de extrañarnos a Michael y mí aquella insistencia, así que estuvimos de acuerdo y cedimos. Hicimos los preparativos como todos los años y marchamos hacia el bosque. La nueva zona donde fuimos, más al este de lo normal, era muy semejante a la de todos los años, pero parecía más oscura, más tupida y frondosa, además parecía carecer de senderos, el nivel del suelo ondulaba sin cesar dificultándonos el avance. Procedimos como siempre, pero se veía claramente que algo le pasaba a John, y así se confirmó la primera noche de cacería. Después de un agotador día de rastreo y carreras, en torno a la fogata nocturna John nos dijo que estaba enfermo de cáncer y no le quedaba mucho tiempo de vida. Recuerdo que sentí vértigo y una enorme tristeza ante las palabras de mi amigo. Nadie sabe cómo reaccionar ante tales noticias. Conocía a John desde hacía más de cuarenta años y era como mi hermano. Aquella noche John se derrumbó y no pude hacer otra cosa que abrazarle y decirle que iba a estar ahí hasta el final, a su lado. Michael se lo tomó muy mal y estuvo maldiciendo a la noche durante un rato largo, hasta que ya desahogado, abrazó también a John con los ojos inundados en lágrimas.

Después de horas manejando el tema intentando sumar alguna esperanza al asunto, nos dimos por vencidos y, con una radiante sonrisa de John, nos acostamos para al día siguiente seguir con la cacería. ¿Por qué será que el enfermo termina siempre consolando al sano? Será porque es el que se va y deja el vacío…quiero creer que más allá nos espera algo más que oscuridad eterna.

El día siguiente nos levantamos extrañamente animados y emprendimos la marcha con energías renovadas. Tal fue el ímpetu que horas después Michael levantó la mano y nos pidió parar. Sacó de su mochila un mapa y lo apoyó en un tocón.

-Nos hemos adentrado mucho en el bosque…- dijo mirando ceñudo el mapa.

-¿Cuánto es mucho? – dije distraído mientras miraba hacia el cielo copado de hojas.

-Unos cuarenta kilómetros

-¿Estás de coña? – le miré sorprendido. John reía alegremente

-Vaya con los excursionistas – dijo – parecemos marines.

De pronto un silencio cayó sobre nosotros. No sé realmente cuanto estuvimos así, sólo recuerdo que John nos ordenó agacharnos. Había visto algo. Obedecimos y tras esperar a que Michael guardara el mapa seguimos las indicaciones de John. Avanzamos unos metros agachados y descubrimos en un pequeño calvero a un enorme ciervo de piel oscura como un caballo bruno. John no se lo pensó y alzó el rifle. Tras unos segundos disparó. Hoy en día sigo sin explicarme cómo, pero pareció como si el proyectil atravesara al animal, como si fuera un espejismo, algo inmaterial, de hecho, el ciervo ni se inmutó, se limitó a girar la cabeza hacia nosotros y luego marcharse y perderse entre la espesura. Nos miramos atónitos.

Evidentemente aquella noche no hablamos de otra cosa hasta que, bueno, pasó lo que pasó.

-Juro que no he echado nada en el agua, no estamos drogados ni nada, no sé qué ha pasado – Michael hacía referencia a anécdotas de nuestro pasado adolescente – además ni alcohol ni nada chicos, un verdadero expediente x ¿Qué no?

-El bosque tiene estas cosas…- John estaba más misterioso que de costumbre pero lo achaqué a sus circunstancias.

-No sé qué ha pasado en serio, a lo mejor era sordo…

Mi comentario revoloteó en el aire unos segundos, nos miramos y estallamos en carcajadas. Creo que fue la última vez que reí en mi vida.

De pronto oímos algo. Me puse de pie como un resorte porque me pareció que eran palabras. Palabras a través de los árboles, palabras derramadas como en un lamento. John se levantó también y dio un par de pasos hacia la espesura. Michael callaba.

-¿Qué ha sido eso? – dije

-¿Qué has oído? – John me hablaba sin dejar de mirar hacia el bosque.

-Me ha parecido alguien hablando…

No pude seguir, el viento comenzó a soplar violentamente, azotando todo el bosque a nuestro alrededor. El fuego oscilaba como en un baile delante de mis ojos, adoptando formas extrañas ante el envite de la ventisca. Entonces lo oí, eran palabras que iban y venían con las ráfagas, se metían en mi cabeza y desaparecían rápidamente. John reculó unos pasos y me miró: estaba aterrorizado. Era como si una turba de fantasmas se acercara corriendo hacia nosotros. E iba en aumento, dado el momento tuve que gritar hacia Michael para hacerme oír sobre el extraño fenómeno, le pregunté que podíamos hacer. Se encogió de hombros lentamente. Iba decir algo cuando John empezó a correr hacia el bosque. Recuerdo vívidamente como arrancó violentamente la carrera perdiéndose pronto en la oscuridad. En una micra de segundo Michel y yo nos miramos y corrimos también tras John.

Aquellos minutos de mi vida…aquella noche fue confusa. Corría gritando el nombre de John con todas mis fuerzas. El viento era tan fuerte que todo se agitaba a mi alrededor como en una pesadilla, embotando mis sentidos y robándome la realidad de la noche. Pronto perdí de vista a Michael…pronto me perdí yo, pero no dejaba de correr y correr buscando a John, a mi amigo que la noche anterior me había dicho que se estaba muriendo sin remisión. ¿Dónde estaba John y porque había salido disparado hacia el bosque? Corrí y corrí.

En plena vorágine sentí que perdía la cordura, sentí que el maldito viento me elevaba sobre mi cuerpo y me estrellaba una y otra vez contra las copas de los árboles, que me zarandeaba y violaba el alma, que se metía por mis ojos uy mi boca cegándome y enmudeciéndome. De pronto las palabras fueron claras en mi mente, aquellas que oí junto al fuego: “Sólo uno…sólo el muerto” Sentí desfallecer repentinamente…la oscuridad llegó a mi mente y perdí la consciencia.

Desperté y aún era de noche, miré el reloj y apenas habían pasado quince minutos desde que habíamos salido tras John, me resultó muy raro. Una extraña sensación de hormigueo me recorría las piernas. Estaba empapado de sudor y tenía nauseas. Cuando iba a levantarme algo falló y caí estrepitosamente contra el suelo. Extrañado miré hacia abajo…donde antes tenía los pies…había dos muñones ennegrecidos y cauterizados, hinchados y con trozos de hierbas y tierra pegada. Me desmayé.

Ha pasado el tiempo y los recuerdos no perdonan. Los equipos de rescate me encontraron horas después a ciento veinte kilómetros de la fogata, que bajo ningún concepto podría haber recorrido en quince minutos. No hallaron rastro alguno de John y Michael, e irremediablemente formaron parte de la gruesa lista de desaparecidos para la eternidad. Me diagnosticaron síndrome paranoide y achacaron mis muñones a autolesiones…pero por muchas instituciones que visité y pastillas que tomé, nunca dejé de tener claro que el espíritu del bosque o lo que fuere con lo que topamos aquella noche, llamó a John, pero a Michael y a mí no.

Categorías: Microrrelatos | Deja un comentario

CADENAS

Cadenas

 

 

La criatura parecía un hombre, pero bien sabía Abe que no lo era. Tenía brazos y piernas, torso, y cara con rasgos humanos. Incluso llevaba una holgada camisa blanca y unos anchos pantalones del mismo color. Tenía un sedoso pelo rubio y unos casi transparentes ojos azules. Eran como sus armas de camuflaje. Todo rezumaba humanidad. Pero igualmente lo rechazaba, Abe negaba su existencia, a pesar incluso de que lo conocía desde su adolescencia, de que lo había acompañado en su vida desde la oscuridad de su alma,  e incluso haberla visto en sus infinitas formas abyectas en el caminar de sus días. Siempre había sabido ignorarla como el águila ignora el firmamento, pero ahora la criatura era más fuerte que nunca.

La criatura  andaba lentamente por un camino de tierra con señales de ser muy antiguo, rodeado de extensa hierba hasta donde la niebla dejaba ver. Y es que una espesa bruma rodeaba la figura convirtiendo los metros en su alrededor en el único mundo que Abe veía en ese momento. De pronto llegó el primer temblor.

Un brazo de la criatura empezó a retorcerse en formas imposibles mientras los rasgos humanos de la cara parecían resbalar hacia el suelo. La ropa empezó a caerse convertida en jirones. Pronto las piernas comenzaron a doblarse hacia el suelo en un baile de espasmos donde huesos se partían y se recomponían, se partían y se recomponían…Abe supo entonces que la criatura iba a mostrar su verdadera forma. De la figura antes caminante ahora sólo quedaba un amasijo de piel y huesos en un terrible despliegue de metamorfosis.

         Mientras que su cuerpo era un retorcer horripilante, el tamaño de la criatura crecía. Ya había dejado atrás las excusas y disfraces viles para dar paso al engendro. Era más grande que un caballo y tenía la piel negra y supurante. Líquido visceral resbalaba por una espina dorsal llena de escamas putrefactas. Los brazos caían al suelo arrastrando las muñecas y manos por la tierra, dejando un reguero de algo parecido a brea que lo ennegrecía todo. Pero lo peor era su cara. La barbilla caía picuda hacia el pecho. La boca era una cueva impía de dientes negros rezumantes de saliva. La nariz una simple oquedad nauseabunda…Y sus ojos eran rojos, de furia y ansia, de crueldad y desprecio.

Entonces llegó el ruido. En la espalda del engendro aparecieron unas argollas de hierro y los eslabones de unas incipientes cadenas que se alargaban tensas y fuere lo que fuese lo que agarraban, se perdía en la niebla. El engendro parecía que arrastrara algo y parecía pesado…Las cadenas se movían grotescas y chocaban entre sí formando el ruido de la muerte.

Abe lo supo antes de verlo. La niebla comenzó a disiparse tras el engendro y unos extraños tablones de madera comenzaron a verse. Minutos más tarde era evidente que lo que el engendro arrastraba era un carromato, cuyo fin se perdía más y más en la bruma. Sus viejas maderas crujían ante los desniveles del camino, y las gastadas ruedas giraban duras y toscas. Abe desvió su onírica mirada hacia el carromato y el corazón le dijo “basta” ante tal visión. Cientos de cuerpos yacían muertos entre las putrefactas maderas. Todos apilados en horribles posturas. Algunos cadáveres no tenían manos o pies, otros tenían quemaduras y cicatrices horribles de una vida de injusticia y violencia. Hombres, mujeres y niños. Sólo tenían en común una cosa aparte de yacer en la carroza de  tal engendro: todos eran de raza negra.

Repentinamente la criatura se paró. Giró su monstruosa cara y miró a Abe directamente a los ojos. Tras una mirada cuyo horror era casi insondable, Abe supo que el engendro le tenía miedo. Fue en ese momento cuando Abe despertó del sueño.

Estaba sudoroso y el corazón le latía desbocado. Se bajó de la cama y se acercó a la ventana. Había sido una pesadilla terrible. Aun así veía la verdad oculta en ella. De pronto escuchó como su mujer se revolvía inquieta en la cama.

-¿Abe? ¿Qué te pasa?

-Nada, sólo una pesadilla.

-¿La criatura otra vez? –murmuró su mujer cariñosamente.

-Sí, pero esta vez he visto lo que había en el carromato.- en ese momento la determinación y una furia ciega inundaron su corazón y su alma. Estaba harto. – Eran cuerpos cariño, cuerpos y más cuerpos muertos y destrozados. Esta lacra que consume el alma del país debe terminar ya. El hombre es igual ante los ojos de Dios y así debe ser. Como que me llamo Abraham Lincoln que acabaré con la bestia de la esclavitud. 

Categorías: Microrrelatos | 3 comentarios

MOON CREEK. Cuarto capítulo. Salmo del Paso Eterno.

Salmo del Paso Eterno

         

       

          Mientras que la bestia surcaba los metros que nos separaban en un vuelo mortal, invoqué mi habilidad de Suelo Firme y mis piernas adquirieron la solidez de la roca. Aun así, sentí mi costillar crujir ante el envite del animal. La repelí lo justo para trazar un tajo horizontal, pero el monstruo se encorvó hacia atrás esquivándolo. Comenzó a acribillarme con las garras, que paraba como podía interponiendo Inferna. Me estaba haciendo recular hacia la pared del dormitorio. Tuve que realizar otra habilidad, Sombra Correosa, pero por ello paré un segundo en mi defensa, con lo que la bestia me desgarró todo el muslo derecho. La Sombra Correosa me transformó durante una menos de segundo en una sombra, por lo que pude deslizarme tras mi enemigo y al volver a ser corpóreo le hice un tajo con toda la fuerza que pude. El licántropo aulló horriblemente de dolor e intentó en un arranque de rabia alcanzarme de revés con la zarpa pero salté hacia atrás antes de que siquiera me rozara. Sus ojos me miraron con un odio. 

          Minutos después seguíamos en un combate sin dueño. La bestia deseaba destriparme y comerse mi alma pero a la vez la estela de la argéntea Inferna le producía pavor. Yo presentaba además del tajo sanguinolento del muslo, otras dos heridas más, una en el hombro y otra en la frente. Lo que quedaba de Corelann, la bestia, sólo algunos trazos inofensivos de Inferna y el de la espalda. Era muy consciente de mi cansancio y parecía que la bestia también, ya que no cesaba en sus envites, no tan agresivos como sí continuados buscando claramente mi desfallecimiento. Y así fue ya que de repente sentí que la fuerza me abandonaba en los brazos. La bestia se percató y lanzó las dos garras en dirección descendente arrasándome todo el pecho. Caí dejando una estela de gotas de sangre.

La vista se me nubló y creí perder la conciencia pero sabía que eso podría ser mi muerte. Intenté levantarme. Pero la bestia cayó sobre mí. Se sentó sobre mi herido pecho y me miró. Parecía divertirse con la situación, si eso era posible. Sus ojos me miraban curiosos como cuando se mira a un animalillo moribundo. Me mostró un solo dedo. Luego, con la horripilante uña de ese dedo, comenzó a hacerme cortes en la cara y en los brazos. Estaba torturándome. Entre los torcidos colmillos la baba caía sobre mi cara, y un extraño gorgoteo surgía de su garganta. En ese momento, desfallecido e inmóvil, sentí la certeza de la muerte, fría y reveladora. Ante mis ojos pasearon todos los engendros transgresores que habían caído bajo mi caza y recé por no recalar en la misma jaula eterna que ellos. Siempre pensé que mis ideales de lucha eran los verdaderos pero, la experiencia me había dictado que nadie posee la verdad absoluta y menos aún,  nadie debería izarla como bandera.

Pasaron unos segundos, o quizás fueron minutos. No lo sabía. Bajo mi cuerpo una mancha carmesí de sangre crecía lentamente. La bestia disfrutaba haciéndome sangrar con pequeños cortes que realizaba espasmódicamente. De pronto ladeó la cabeza y comenzó a lamer el charco de mi sangre. Hice ademán de coger a Inferna que estaba junto a mí pero aquel monstruo reaccionó rápido y de un zarpazo me arrancó dos dedos de la mano. Los vi salir despedidos de mi mano y caer junto a la cama. Grité de dolor. Ya veía el final del trayecto que había sido mi vida. Así lo entendió mi enemigo porque repentinamente se irguió y alzó ambos brazos. Iba a ejecutarme. Cuando iba a realizar su último ataque, se oyó un alarido. Nunca había escuchado nada parecido. Ni siquiera el que surgió de la transformación de Corelann era nada comparado con eso. Fue como si la misma tierra hubiera gritado. La bestia se paró y torció la cabeza hacia la puerta. Bajó los brazos. Vi sorprendido como los pelos de la espalda se le erizaban y su hocico vibraba descontrolado. Ese giro inesperado de a situación me insufló fuerzas que no sé muy bien de donde provenían, aunque bienvenidas fueron. Así que antes de preguntarme que había pasado estiré la mano y cogí a Inferna. Para cuando la bestia se había percatado mi arma plateada se dirigía a su corazón. La espada penetró en su torso y en seguida empezó la Liberación de la Muerte.

La bestia estiró los brazos debido a las vibraciones de Inferna en su cuerpo. Era como si cientos de grilletes aprisionaran su cuerpo a base de calambres. Comencé el Salmo del Paso Eterno. Grietas azuladas crecían por la estructura corporal del engendro separando su materia y enviándola lejos del mundo. Al recitar la última palabra del salmo, una luz cegadora invadió la habitación y una sorda explosión reventó el aire. La realidad pareció abombarse por un segundo, luego, calma. De la bestia sólo quedaba un amasijo de pelos y sangre. Cuando todo pasó me levanté trabajosamente. Me dolía todo el cuerpo y toda mi ropa era de color rojo. Hinqué la rodilla derecha en el suelo e invoqué la habilidad de Mártir. Mis heridas dejaron de sangrar y se cerraron ligeramente, aunque, si no me curaba de verdad pronto, solo hacía retrasar mi muerte.

Me levanté y miré por la ventana. Ya no llovía. Miré mi espada. Me pregunté cómo sería no notarla vibrar más por la cercanía de enemigos. Corelann había sido el último… Inferna destelló y empezó a vibrar. Miré nervioso hacia el cúmulo sanguinolento de pelos. No entendía…y de pronto caí en la cuenta.

-La familia, los he dejado en el sótano…

         Agarré con todas mis fuerzas a Inferna y corrí hacia el sótano.

Categorías: Moon Creek, Uncategorized | Deja un comentario

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.